29/3/18

Moribundos

Ya no te reconozco cuando te miro. Eres otro, quizás siempre lo fuiste y yo no lo supe ver. Eres extraño, un hombre distante que a veces duerme conmigo y me abraza. Pero cuando me abraza también lo hace la oscuridad que vive dentro de él y me hunde llevándome al abismo donde se oculta. Tira de mí hacia abajo, me resisto pero la oscuridad es más fuerte y me arrastra. Siento dolor, un dolor penetrante que mutila las manos, los labios y el corazón que te ama. 

A la gente como tú les llaman desconocidos, eso eres, un desconocido que a veces me besa con esos labios mentirosos llenándome de sombras  que me lanzan a ese abismo al que tanto temo. Esa mano que siempre agarraba la tuya cuando caminábamos se ha ido soltando. Le tiene miedo al destino al que quieres llevarla. Ya no confía en tu dirección porque te has dejado seducir por ellas, las sombras. Ellas son ahora tu piloto y quizás también tu mapa y tu brújula.   

Las sombras que viven ahora dentro de nosotros se han adueñado de nuestro corazón, lo han conquistado. El mío ya no siente, yace moribundo dentro de mi pecho, a veces respira pero le duele, así que lo hace despacito, ¿y el tuyo? Se ha ido y en su lugar ha dejado una maleta llena de sombras.  


19/9/17

el puzzle de sus vidas



Carmen era una joven de veinticinco años que vivía con su hermana Eva en una casona en los suburbios de Lima. La casona tenía un jardín enorme repleto de flores tropicales y árboles con los troncos retorcidos. Las paredes eran de piedra y estaban cubiertas de enredaderas y de rosales en flor. Una verja elegante protegía sus perímetros e impedía que los curiosos se asomaran a las ventanas. 

El silencio era lo que más les gustaba, y la magia que recorría la casa era una fuente de inspiración para las hermanas. La casa estaba decorada con muebles de la época del virreinato, los suelos estaban cubiertos con alfombras largas y mullidas y los cuadros que adornaban las paredes escondían en sus lienzos los secretos de una familia que hasta entonces no sabían que tenían.   

Por las mañanas se sentaban a desayunar en frente del jardín. Cerraban los ojos y dejaban que el sol que entraba a raudales por la ventana despejara su mente y les infundiera los ánimos necesarios para enfrentar las mañanas en la capital. Cuando las nubes ocultaban sus rallos desayunaban en la enorme sala. Se sentaban cada una en un extremo de la mesa. Encendían dos candelabros que habían encontrado escondidos en la librería, se servían café con leche y entre sorbo y sorbo, Carmen leía el periódico y Eva sus novelas. 

Durante la primera semana se dedicaron a recorrer la casa, abrieron armarios, e inspeccionaron hasta los últimos recovecos de la casa. En una de las habitaciones habían tres baúles llenos de ropa antigua. Se probaron los vestidos riéndose a carcajadas mientras bailaron enfrente del espejo. Bautizaron la habitación con el nombre de “María Antonieta”. 

Carmen y Eva habían viajado a Perú en el verano del 2010, cuando recibieron una carta en las que las informaba que eran herederas de una pequeña fortuna en las Américas. Y sin pensarlo dos veces compraron dos billetes y se fueron a Perú con la promesa de que en Septiembre volverían a Madrid. 


Pero llegó Septiembre y no regresaron. La idea de volver se les hacía cada vez más lejana, como si fuera un sueño brumoso. Habían descubierto un pasado desconocido que jamás pensaron para ellas. Antes de regresar primero tenían que resolver pieza por pieza el puzzle de sus vidas.