14/2/12

El tono de un móvil.

Escucho de nuevo el caminar del metro, los pasos apresurados de las personas luchando por encontrar un lugar donde sentarse. Autómatas, robots de la vida. Yo los miro, comparando su rostro con el mío, en el reflejo del cristal, a veces nuestras miradas se entrecruzan, y ellos la apartan en seguida, como si mis ojos quemaran y fueran capaces de robarles la vida. Mi estación es la siguiente, mi alma se consume… y el miedo atenaza mis piernas impidiéndome el caminar. Se la respuesta del médico, se lo que me comunicará con rostro apenado. Empatía quiero suponer, porque mi dolor no es comparable a nada, tiempo de luto.
Las puertas del hospital me dan la bienvenida, camino, paso tras paso, escuchando el eco de mis zapatos por el largo pasillo.235. Abro la puerta y allí esta ella. Su mirada perdida en el vacío, la llamo no me oye, me acerco no me reconoce. Lloro. El médico me deja solo en mi dolor. Vuelve, pero ya se la respuesta, Alzheimer, susurro. El asiente, baja la mirada y se va. La miro, fijándome en el color de sus ojos, en su cuerpo que se degenerará con el tiempo, a parto rápidamente la mirada, siento que me arde la cabeza, de nuevo una atracción me hace aproximarme. La acaricio con suavidad el cabello.  Ella me observa, y sus ojos lloran. Aceptación, no será lo que fue, no volverá a ser lo que era, pero... Y de repente suena por el pasillo el tono de un móvil  “se acercaron las distancias, dejamos clara la intención de ser todo lo que somos, dos en uno, uno en dos”…     

(Esta historia la escribí el año pasado. La comparto hoy, un 14 de febrero del 2012 en nombre del Amor Verdadero y dedicada a todos los enamorados. Feliz día de San Valentín)

3/2/12

Les dijeron.

Susurros del tiempo
Ya no se lleva el ser príncipe o princesa de un cuento de hadas. Hace tiempo que esos términos están desfasados.  Ahora lo que se lleva es ser el dueño o la dueña de tu propio destino.  Los finales felices no existen. Lo que realmente existe es el conformismo que nace ante una situación que es imposible de cambiar. Aceptación que esconde una derrota.

Los adultos, son niños que juegan a ser mayores. En su afán de querer aparentar una madurez que roza el absurdo, se disfrazan con trajes de tweed y miradas oscuras y frías.

Sus ademanes se convierten en pausados y reflexivos, todo ello al son de un baile de máscaras.  Y como moscas que chocan una y otra vez con el mismo cristal, sufren afligidos la concatenación de hechos y  sucesos que torturan su alma. Cometen los mismos errores. Tropiezan, caen y muchos de ellos no se levantan. Pues perdieron sus fuerzas así como su ánimo y su motivación. Abusan de antidepresivos, y esconden la miseria de sus vidas a los ojos de los demás queriendo aparentar felicidad.

Se preguntan que les ha llevado a esa situación. Ellos  jamás  imaginaron tal desdicha. Tantos interrogantes que rozan la histeria. Caminos llenos de espinos y amargas rosas. Se percatan lucidamente que esos sueños de juventud  han encarcelado sus almas, sus sonrisas y su fe.  Nada es como ellos imaginaron en esas noches estrelladas.

Les dicen que desarrollen sus capacidades intelectuales por medio del estudio, que aprovechen sus dones y talentos y los pongan al servicio del sistema y de este modo serán más felices y prosperos. ¿Dónde está la felicidad y la prosperidad que les prometieron? Pasan los años y se encuentran con que tienen todo lo que desearon años atrás pero aún siguen siendo tan miserables como antes.
                                                 Vacío.