27/5/12

Y supo que es mejor...


Salió de su casa corriendo, descalza, con el pelo alborotado agitándose como si fuera un junco anclado a la orilla del río. El aire sabía a menta y pequeñas lucecitas se entremezclaban en la lejanía del atardecer.
Se tumbó en la arena de la playa y dejó que el suave murmullo de las olas adormeciera sus pensamientos. El mar relajaba su alma, y la transmitía descanso. Necesitaba meditar y encontrar un camino entre tanta oscuridad.
Empezó a pensar, en aquellos ojos intensos, y en su sonrisa agujerada por aquellas palabras hirientes. La tranquilizó pensar que la perfección no existe, que las personas cometemos errores, dañamos con nuestras palabras, y con nuestras acciones, por ello se hace tan necesario crear un espacio, (un ambiente) donde poder equivocarnos, rectificar y madurar. 
Visualizó su mirada herida, su tristeza profunda y esa lágrima que asomaba tímida queriendo caer. Reflexionando llegó a la conclusión de que en toda relación se producen enfrentamientos, son fruto de la comunión entre dos personas. Si en un pensar hipotético no se produjeran conflictos, sería porque uno de los dos ha aplastado psicológicamente  a su pareja, y  no se siente con la libertad de opinar perdiendo su propia identidad, al ceder siempre paso al otro. Los conflictos si se resuelven de la forma adecuada pueden enriquecer la relación, y construir una mayor unidad. 
Se sentó en la arena y dibujó con su dedo índice, dos corazones naciendo el uno del otro, unidos como si fueran uno. Y al mirarlos entendió con claridad que la solución siempre había estado ahí. Sólo necesitaba un tiempo de maduración, para poder entenderla y aferrarla con todo su ser.
De este modo Elena se encontró con el deseo de querer seguir adelante, de continuar a pesar de los problemas y de las situaciones conflictivas.  Y supo que es mejor comerse el orgullo herido, y valorar más el nosotros que el yo.


Susurros del tiempo Ester Del Pozo Merino amor conflictos orgullo