26/6/12

Desde lejos yo te quiero con las lenguas de fuego



Susurros del tiempo. Ester Del Pozo Merino
No existe persona que me aleje de ti, no existe dolor que me pare y suspenda, no existe rencor que me enfríe, no existen lágrimas que ahoguen, no existe ciudad que me desvíe de ti, no existe paro cardíaco que detenga el sentimiento que se acurruca en mi corazón, no existen arcoíris que igualen el brillo de tu sonrisa, no existe espera que sea lo suficientemente larga, ya no existe ayer que impida amar.

Desde lejos yo te quiero con las lenguas de fuego. Desde lejos nos tenemos y pertenecemos. Desde lejos te hablo y susurro. Somos alma, cuerpo y corazón, dos sonrisas envueltas en lluvia.

Me tienes en el aire, y en el color negro de tus pupilas. Te tengo en mi taza de café. Me tienes en la atmosfera, y en el sentimiento. Te tengo en mi sonrisa y en mis letras. Me tienes en el eco de los mares y en la furia de la tempestad. Te tengo en mis pestañas y en las calles de Madrid. Me tienes en las personas que te rodean y en tus recuerdos y memorias. Te tengo en mis sueños y pensamientos. Me tienes en tus labios y en el fuego. Te tengo en el latido de mi corazón y en el aroma que desprende mi cuerpo.

No existe pasión que me aparte de ti, no existe fuego que incendie más que tus palabras, no existe error que me frustre, no existe tristeza que me apague, no existe tarde que no te recuerde y color que no dibuje tu nombre, ya no existe distancia que impida amar. 

22/6/12

Ancora

Amelie se despertó temprano. No era ninguna novedad, Amelie siempre se despertaba temprano. Desde que tuvo el primer niño su sueño dejó de ser profundo y progresivamente empezó a dormir menos. Niños. Si no te pedían a gritos y lloros  que les dieras de comer, se metían  en tu cama entre tu marido y tú. Amelie sentía que su vida había entrado en una espiral vertiginosa que la envolvía absorbiendo sus fuerzas y su ilusión. Su vida al completo estaba dedicada  al cuidado de sus hijos. Se levantaba con el lloro de Miguel y con los pequeños deditos de Raquel, que tocaban su cara, incluso más de una vez le metía  los dedos en el ojo. Los vestía y les daba su desayuno. Y entre cucharada y cucharada escuchaba las noticas que emitían por televisión. Su marido, cuando podía la ayudaba  pero más de una vez la falta de tiempo se lo impedía.
Amelie  apenas  veía a su marido. Los fines de semana se marchaba al extranjero por asuntos de negocios y se quedaba sola con los niños.
-Amelie ¿has pensado que quizás Lucas… tenga una amante?-preguntó su amiga Sofía atravesándola con la mirada.
-¿Lucas? Imposible- negó rotundamente. 

Susurros del tiempo

Amelie sabía que la presencia de su marido le producía rechazo. Había dejado de sentir la pasión de los primeros años. Recordaba con nostalgia los abrazos que estremecían su cuerpo,  los besos que suevamente depositaba en su frente, cara y  labios. Recordaba como su cuerpo temblaba con el contacto de sus manos y como su olfato se deleitaba con el perfume que desprendía su cuello, la hacía sentir desnuda delante de un vendaval. Lucas era consciente de que a su mujer le ocurría algo. La sentía distinta. Pensaba que la falta de ilusión de Amelie se veía producida por la rutina en la que estaba inmersa.
-Cariño, los niños todavía no se han levantado…-murmuró seductor.
Amelie apartó la sabana y se levantó. Su camisón dejo entrever sus suaves piernas. Su marido alargó la mano y acarició con delicadeza el interior de su muslo.
-¡No me toques!-grito enfurecida. Ella misma se sorprendió de su reacción y sintió miedo. Miró los ojos de Lucas y puedo ver tristeza, dolor y rabia. 

5/6/12

La vida les parecía demasiado corta para amarse.


Susurros del tiempo. Ester Del Pozo Merino

Melisa solía tener escondidos sus sentimientos y emociones bajo su piel, sus sueños sin embargo, los escribía en hojas de colores y los pegaba en las paredes de su habitación,  sus miedos  los recogía en un tarro de cristal y cada año los tiraba al mar con el fin de perderlos y nunca más volverlos a experimentar, sus recuerdos los guardaba en el interior de sus pupilas y los secretos en su dentadura perfecta y blanca.
Melisa tenía un amigo especial. Andy. Con él hacía espontáneos y divertidos viajes a la Luna, recorrían las estrellas dejando tras ellos un rastro de purpurina, se columpiaban en los sueños acurrucados tras sus pestañas y resbalaban por las sonrisas brillantes del arcoíris. Sus insondables ojos negros mecían su alma y estremecían su corazón.
La encantaba sentir el frío de sus dedos en la piel, sus abrazos imprevistos que la rodeaban estrechándola contra su pecho y los besos que latían amor en sus labios, era un sabor endulzado con los “te quiero” que murmuraba a su oído.
Era difícil no darse cuenta de la magia que les salpicaba. Eran tan parecidos y a la vez tan diferentes. Caminaban con los pies sincronizados,  y con sus corazones adictos a la adrenalina que les producía su contacto, abrazados al amor. Eran inseparables, a todo lugar iban juntos, se necesitaban mutuamente, porque ambos se alimentaban del otro. Si Melisa no estaba, Andy entraba en un estado de ansiedad que acababa en muerte. Y si Andy desaparecía, Melisa se derretía hasta terminar en el mar. 
(Andy y Melisa, Melisa y Andy), pero lo más curioso y extraño de toda esta historia era el talento que poseían; podían adivinar cuando sus interlocutores querían engañarles, simulando verdad. Leían sus ojos adentrándose en el color de su iris, si veían que empezaba a brillar parpadeando luces rojas, sabían que sus palabras era mentirosas.  
Y así vivieron-concluí-descubriendo engaños, besando amor, y viajando aventura. Dos almas rebeldes que anhelaban eternidad porque la vida les parecía demasiado corta para amarse.
                                                                                  
                                                                                                 (Besos de un naufragio)

1/6/12

Infusión de manzanilla

Cuando se marcha Alejandra, me dedico a todo tipo de cautivadoras ocupaciones. Riego las plantas del balcón, empiezo con los geranios y termino con las orquídeas,  limpio mi casa, saco la basura,  friego los baños,  doy de comer a los canarios, me cocino el almuerzo- pasta italiana con cebolla, bacon, albahaca y orégano- para finalmente tumbarme en el sofá con las piernas encima de la mesa, y leer a Fyodor Dostoyevsky
Cuando acabo, me siento vieja y deprimida. La muerte no me da miedo, lo que verdaderamente me asusta es la espera, el suspenso que precede a la derrota. Batalla perdida, la vida sucumbe ante la muerte.
Me siento en la cocina y me preparo una infusión de manzanilla. Y me detengo a pensar en lo absurda que es la vida,  en la futilidad de la existencia, en la vacuidad del recuerdo, en el olvido, en la angustia existencial sin razón y sin motivo. La eternidad se nos escapa,  paso a paso transcurre el tiempo que nos acerca, cada vez más al fin.

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Anoche nos dijeron que falleció Roberto el vecino del segundo, un hombre simpático, agradable y  de ojos azules. Su mujer le lloró hasta quedarse sin lágrimas. Nos contaron que murió atropellado por un camión de la basura. Nadie nos lo dijo, pero todos lo adivinamos. Estaba borracho. Este hombre, como toda persona tenía sus debilidades, y las suyas eran el juego y el alcohol.  Le echaremos de menos, dijimos todos. Y después nadie supo que más decir.
La muerte se lo ha llevado ¿a dónde? Quisiera pensar que la nada será su nuevo hogar. Pero la incertidumbre me carcome los huesos.  Me levanto, dejo la infusión en el fregadero, me acerco al balcón y cierro las ventanas.