31/10/12

Cuando no olvidas...


"Una violación no es un puño o un golpe, es un delito que nos destroza la vida
Reescribir la propia historia, cuando ésta es tan dolorosa, es a veces como un suicidio. Los psicólogos sustentan que es un proceso de duelo y que sirve para cerrar los capítulos nefastos.  A las víctimas nos lo repiten una y otra vez, y creo que serviría y sería útil para seguir adelante, si dicho proceso estuviera acompañado de justicia
Jineth Bedoya,  periodista colombiana  



-Oh Dios, ¡responde! ¿Qué te ha hecho?... ¿ha sido el cabrón que tienes por novio? ¡Dime algo!...- preguntó nerviosa.

-¿Por qué me ha hecho… esto?... Yo solo le dije que esta noche no… que no tenía ganas, que… me sentía mal… que me dolía la cabeza…-murmuro entre sollozos.

-¿Ha abusado sexualmente de ti?... ¿Te ha violado?-preguntó mientras la cogía de las manos.

Se quedaron unos minutos en silencio. Amaya pudo ver como de sus ojos azules brotaban las lágrimas y caían silenciosas por sus mejillas.

-El viernes como de costumbre fui a su casa. Íbamos a ver una película, una comedia romántica. Me encontraba un poco mal pero tenía muchas ganas de verle. Había tenido una semana agotadora y me apetecía relajarme y desconectar del mundo por unas horas. Nos acurrucamos en el sofá y al cabo de media hora… me empezó a besar el cuello. Al decirle que no me apetecía, no sé, se volvió loco… Me dio mucho miedo, jamás le había visto antes así. Me obligó por la fuerza a tumbarme en el sofá, y se subió encima de mí. Al ver que me resistía, me pegó un puñetazo en los labios. Me hizo sangre. Grite. Y me volvió a pegar. Me decía que me callara, que me estuviera quietecita. Le pregunte que porqué me hacia esto y él me contestó, que nunca más le volviera a decir “que no tenía ganas” que yo siempre tenía que decirle que sí. Me cogió del cabello y me obligó a mirarle los ojos. Me tiró tan fuerte que creí que me lo iba arrancar de raíz. Me preguntó gritando “¿Me vas a volver a decir que no? ¡Eh!” al ver que no contestaba, me dio un tortazo. Y acerco a un más su cara a la mía. Me dio tanto asco que le escupí en los ojos. Y a partir de entonces, la furia se apoderó de él. Después de limpiarse el escupitajo, intentó morderme los labios ensangrentados. Me volvió a golpear. Dirigió sus puños a mi estomago. A penas podía respirar. Me pegó varias veces en el mismo lugar. Le dije que parara. Que me estaba matando. Me dolía tanto…Y entonces, me abrió de piernas, me quito las bragas y me penetro, una y otra vez.
Al acabar su relato, empezó a gemir. Amaya la abrazó y la dejó llorar sobre su hombro. De vez en cuando sentía como su cuerpo temblaba entre sus brazos.

-Le vamos a meter en la cárcel, ¿vale mi niña?-

19/10/12

La princesa olvidada


Había llegado el otoño con sus lluvias llenas de soledad y sus cielos nublados. La princesa se asomó como de costumbre a la ventana para contemplar los parajes que escondían su torre. En su corazón aún latía la esperanza de ser rescatada por el príncipe de sus sueños. Y una vez más sus ojos solo vieron vacío. Se alejó de la ventana y camino despacio por la habitación, cuando los tacones empezaron hacerla daño se los quitó, y con sus pies desnudos anduvo por la cárcel que apresaba su libertad. Empapada en llanto se preguntaba por qué su príncipe no venía a rescatarla, “estoy aquí, por favor, no te olvides de mi” decía. Los días pasaron y ella sentada en la ventana le esperaba con su mirada fija en el horizonte anhelando ver a su príncipe amado.

Al darse cuenta de que la vida se estaba escurriendo entre sus dedos, tomó una decisión: rescatarse así misma. Antes de que los años, se anidaran en su pelo, en sus labios y arrugaran y envejecieran su juventud. No necesitaba príncipes montados en corceles blancos, vestidos con armaduras y portando afiladas espadas. Con su astucia y su valor, lograría salir de la torre y caminar a la libertad. No dejaría que la soledad, que la irrealidad de un amor perfecto consumiera su espíritu. La vida corría por sus venas. Su espíritu soñador y su alma luchadora gritaban libertad. Ya no la importaba haber sido olvidada por su amor. Ella sola descubriría el acertijo que abriría la puerta en la pared y rompería el hechizo de la bruja.  

Y la princesa olvidada logró salir de la torre sin ayuda de ningún príncipe encantador. Había descubierto emocionada que no necesitaba ser rescatada por  un joven con armadura. Ella podía hacerlo sola. Y aquella revelación la hizo sentirse libre. ¡Tantos años derrochados… esperando a que viniera su príncipe y diera sentido a su cárcel!




-Yo, la princesa olvidada me he rescatado a mi misma y ¡soy libre!-dijo con esa sensación de quien llora de alegría por primera vez- Y por fin hoy puedo decir... Adiós a la torre de la soledad y a las lágrimas derramadas sobre aquella ventana, a las ranas que se convierten en príncipes y en princesas y a las noches sin dormir, adiós a los dragones y a los príncipes azules, a los cuentos de hadas y a los bosques encantados, adiós a los sueños de un amor idílico, a las maldiciones de las brujas envidiosas y a los besos hechizados....-murmuro con voz entrecortada mientras las palabras resbalaban por su piel.

4/10/12

1943


Los gritos de dolor se oían en todo el edificio. Se colaban entre las grietas de los muros, entre los resquicios de las puertas.  

La joven estaba en mitad de la habitación con su cuerpo desnudo atado a un pilar. La habían estado torturando hasta dejarla inconsciente. Tenía la cara desfigurada y manchada de sangre. El brazo le colgaba en una posición grotesca, la faltaba el dedo gordo del pie junto con las uñas de la mano derecha. Y en el resto del cuerpo el morado de las contusiones había sustituido el blanco natural de la piel

Robert se sentía frustrado. No había logrado hacerla hablar. Necesitaba saber sus nombres y el lugar donde vivían. Esta vez la había torturado más despacio y de forma más inteligente buscando aquellos lugares del cuerpo donde aguantar el dolor era insoportable. Suspiró, torturarla le había dejado exhausto. El sudor le pegaba la ropa al cuerpo. La observó detenidamente y la inspiró lástima. Un cuerpo tan bello y mutilado de esa manera.

El teniente Robert era un rígido e imperturbable alemán de clase trabajadora que había ascendido por sus heroicos e incondicionales servicios al régimen nazi. No era la primera sesión de tortura que realizaba. Salió de la habitación y pidió a sus hombres que trajeran un médico. 
-¿Qué miráis inútiles?- pregunto colérico.

Al abandonar la habitación una sensación de ahogo le embargó por completo. Caminó apresuradamente hasta al baño y se mojó la cara. Desesperanzado observó su rostro en el espejo. Al cabo de unos segundos vomitó en el lavabo. El recuerdo de su cara congestionada por el dolor, sus lágrimas y sus gritos desgarradores suplicando la muerte le retorcieron las tripas.
-¿En qué me he convertido?- aulló mientras pegaba un puñetazo al cristal. 



Descubre otra realidad-pinche aquí