29/11/12

La gente dudaba de sus propias intuiciones, porque no tenían motivos para pensar que ...


La mujer que arrastraba el carrito de la compra lleno de cereales Special K, de leche y pasta, en cualquier otro supermercado hubiera parecido fuera de lugar. La melena castaña, cuidadosamente peinada le llegaba hasta los hombros, tenía el cutis perfecto, apenas unas suaves arrugas en la comisura de sus labios, grandes ojos castaños, figura esbelta y delicada. Vestía un traje azul oscuro con tacones altos y un bolso de Louis Vuitton a juego.

Se detuvo unos minutos en los congelados y eligió una caja de palitos de merluza Pescanova.

A pesar de su inmaculado aspecto era una mujer pendiente de su familia y puntillosa en las tareas del hogar. Le encantaba tener preparada la cena a su marido, jamás habían tenido cocinera ni siquiera cuando sus hijos eran pequeños. Tenía 40 años pero aparentaba 5 menos, al haber adelgazado 4 kilos en los últimos meses. 

Durante tres años había hecho diversas actividades de voluntariado con niños con cáncer en un hospital de Madrid. Había organizado importantes obras de beneficencia con el fin de recaudar dinero para niños heridos o con graves enfermedades. Con su carácter amable conseguía ganarse el afecto de todos cuantos la rodeaban y sobre todo el de los niños a los que ayudaba. De ella emanaba algo conmovedor, casi triste, como si hubiera conocido grandes desgracias. 

Vivía enfrente del Retiro, en la calle Doctor Esquerdo, número 59. Emma Ruíz, había convertido su apartamento en un hogar cálido y lleno de afecto. Sus hijos la elogiaban con lo “perfecto” que estaba todo, la hacía bromas y reían encantados al encontrar todo en su sitio,  su marido la abrazaba con ternura diciendo que se había casado con una mujer diez. Se sentía muy afortunado.

No había más que mirarla, elegante, con estilo. Siempre bien vestida. Bolso y zapatos a tono. Sin embargo a pesar de lo que a simple vista pudiera parecer, no era ostentosa ni tampoco había vanidad en su mirada. Era sencilla en el glamur.

Simplemente, le gustaba la perfección y como muestra de ello había animado a sus hijos a que persiguieran desde niños sacar excelentes notas, en el colegio, en los deportes, en el conservatorio. Su marido era más firme en esto. Abogado de una famosa firma en Madrid, no consentía la pereza en su hogar. Por rígida que pareciera su madre, era él quien en realidad presionaba a todos, a su mujer e hijos.

La vida de Emma Ruíz era maravillosa en apariencia, tenía todo lo que una persona pudiera desear, sin embargo había una sombra de tristeza en su mirada, un vacío oscuro y penetrante en sus ojos castaños.  

Al estar cerca de ella, se podía percibir una nota de autocompasión y soledad en su persona. La gente dudaba de sus propias intuiciones, porque no tenían motivos para pensar que Emma se pudiese sentir triste o sola, pero así era. Tras su elegante fachada había algo trágico en aquella mujer.

El cajero la sonrío y preguntó:
-¿Qué tal la semana Emma?, ¿Cómo estás hoy?

9/11/12

Tenía guardado en un libro todas las historias que había compuesto con su teclado...


Sus melodías no tienen principio, no tienen final simplemente existen en su sonrisa, en sus pupilas negras como la noche, en sus suaves arrugas y en sus largos y afilados dedos.

Cada mañana bajaba las escaleras del metro de Plaza Elíptica, se sentaba en su silla plegable y empezaba a tocar sus historias en un viejo teclado. Sus dedos corrían por las teclas, conjugando cada nota en una suave y profunda melodía. Sus ojos negros observaban el devenir de las personas, y en contadas ocasiones sus labios se permitían dibujar una sonrisa, dejando entrever sus dientes. Sus manos traducían a música lo que su imaginación iba elaborando. Y de este modo escapaba del tedioso frenesí del tiempo y ganaba unas monedas.

Tenía guardado en un libro todas las historias que había compuesto con su teclado. Tenía historias que narraban la magia de un primer beso, los secretos que esconden los colores del arcoíris. Tenía historias que hablaban de sueños hechos realidad, de mundos encantados, dónde los árboles y los animales hablan, de hadas con purpurina en las alas, de gnomos que viven en setas rojas y de duendes irlandeses, escurridizos y de piel verdosa. Tenía historias que contaban las aventuras de los piratas del sur y otras las de los niños montados en hombros de gigantes. Sus historias favoritas eran aquellas que hablaban de su vida, de sus sueños de cuando era niño, de París, y de su primer y único amor. Eran luces errantes, sombras del pasado. En los días de lluvia tocaba historias que reflejaban las injusticias que intenta esconder el mundo, sus dedos presionaban las teclas con fuerza, arrancando las lágrimas a las notas que componían la historia.  

Le gustaba tocar para ellos, para jóvenes estudiantes extenuados por la necesidad de construir proyectos a partir de la nada, preguntándose si realmente habrá un futuro en el mañana, para trabajadores debatiéndose entre pensamientos encontrados, quizás preocupados por su empleo, quizás por sus hijos y el mundo en el que les ha tocado vivir, agitados por esa crisis que les envuelve en sentimientos y emociones pesimistas,  para guardias de seguridad apoyados en las paredes, aburridos de su trabajo, somnolientos y con ganas de volver a la cama, para niños llenos de vida e ilusión, de sueños dulces y ositos de gominola.

Después de cada concierto en la estación, las lágrimas se enredaban en sus ojos y se derretían en sus mejillasEran lágrimas sabor melancolía.


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