31/7/14

haciendo limpieza.

Empece la mañana del sábado como había planeado la tarde anterior. Salté de la cama haciendo caso omiso a mi estómago que me pedía a gritos que desayunara. Me puse manos a la obra. Hoy tiraría todos los cachivaches y los tratos inútiles que había ido amontonado en los cajones de la cocina como si fuera una ardilla avariciosa. Volver a reencontrarme con mi hermana ha sido una de las mejores decisiones que he tomado hasta ahora. Parece que los años no la han afectado. Sigue igual de joven. Bueno tiene una arruga aquí y allá pero apenas se nota. A mi en cambio me han destrozado. Parezco una pasa arrugada y gorda. 

Abrí los cajones de la cocina y saque todo lo que había dentro. Juguetes de los niños, trapos de cocina, clips, un abrelatas oxidado, tres espátulas que compré hace años y  que luego desaparecieron misteriosamente, un destornillador de Lucas, un pelador de verduras sin afilar. Sin pensármelo dos veces tiré todo el contenido de los cajones a una bolsa negra. Me sentí eufórica. Cuando el cajón estuvo completamente vacío, lo limpie con un detergente tan potente como la lejía. Cuando acabé, me premié con un trozo de tarta de almendras y un café bien cargado. Me puse un CD de música clásica y me senté en el sillón con los píes encima de la mesa. Tengo que lavar las cortinas del salón. Están tan llenas de polvo que ya no recuerdo de que color son si blancas o grises. 

Susurros del tiempo Ester Del Pozo Merino
La madre de Lucas nos había regalado una estatua de cerámica como regalo de bodas. Ni a Lucas ni a mi nos había gustado nunca. Era tan espantosa que la escondimos en lo alto de la estantería para no tener que sacarnos los ojos. La estatua va directa a la basura, los jerseys de una talla más pequeña que me regala cada navidad con la esperanza de que adelgace, los metí doblados en una bolsa que ponía en letras mayúsculas “parroquia” El armario de la entrada está lleno de zapatos que ya no usamos, tanto viejos como nuevos. Los saqué todos e hice una selección. Guardo los que vamos a utilizar y los que no los pongo también en la bolsa de la parroquia. Seguro que hay un montón de familias que lo agradecerán con lágrimas en los ojos.  


Mi suegra siempre me ha tenido una especie de odio camuflado con buenas intenciones. Cuando vamos a comer a su casa, me sirve una porción tan minúscula como a la de mi hijo de siete años. Nadie dice nada. Y yo finjo que no me doy cuenta. En varias ocasiones he intentado hablar con Lucas sobre el tema, pero dice una y otra vez, que son imaginaciones mías y que ella me quiere mucho. Y un cuerno me quiere mucho.