9/10/14

Cuando Adriana es lo que te está pasando.

Adriana no se sentía guapa, tenía la cara llena de granos rojos y llenos de pus. Los ojos los tenía demasiado separados y los labios muy finos. Sin embargo, Marcos no la veía igual. Esos granos que tanto odiaba Adriana, a Marcos le parecían un suave acné adolescente. Y esos ojos separados para Marcos eran pequeños trozos de mar, que cuando se enfadaban refulgían como tempestades. A Marcos le gustaba su cabello largo y rubio, lleno de puntas abiertas y sus labios, esos labios capaces de llevarle a la luna y sumergirle en un eterno infinito. Le apasionaba la manera en que Adriana miraba el mundo, siempre de frente, sin mirar nunca atrás. Era ese brillo en sus ojos de mar cuando Adriana hablaba de algo que la gustaba. Era esa forma de sonreírle al mundo cuándo tenía ganas de llorar. Era esa risa transparente y soñadora, llena de pompas de jabón. Cuando se sentía nostálgica sus ojos de mar llovían empapados de la poesía de Pablo Neruda. Entonces Marcos preocupado, buceaba en las profundidades de su iris, trayéndola de vuelta a tierra firme, porque la quería, la quería más que nada en el mundo y estaba decidido a no dejarla naufragar. Marcos amaba cada pedazo de su personalidad fragmentada, cada explosión de alegría, cada tarde de pañuelos y lágrimas. 
Adriana era su poesía, y su timón; su alma gemela. La compañera de sus risas  y lágrimas. Ella era el sol de sus veranos y la nieve de sus inviernos. Adriana era el susurro de su corazón enamorado.