31/12/15

Al final del camino.

Susurros del tiempo Ester Del Pozo MerinoCon la música de ese piano aprendí a andar. Me soltaba de los brazos de mi madre y con pasos cortos me acercaba al lugar de donde provenía esa música capaz de aturdirme los sentidos. Esa música me hechizaba, me atraía como un potente imán. 

Aprendí a escuchar y los oídos se me abrieron como libros y la música se abrió paso estrujando las mariposas que revoloteaban de vez en cuando en mi estómago. Desde que empece a tocar el piano no hubo amor que compitiera con el suyo. 

Con la música de ese piano aprendi a sentir, primero música y después a crear vida a través de esas teclas desgastadas por el uso. Con las partituras de Mozart, Tchaikovsky y Bach viajé a los mundos que visité cuando era pequeña y todavía no sabía andar. A esos mundos que ya conocía, pero a los que me moría de ganas por regresar.

Mi infancia se puede circunscribir en torno mi abuela y a su piano. La recuerdo siempre con sus dedos arrugados recorriendo sus teclas. Sus dedos se movían como si volaran. Parecían tener vida propia. Cuando mi abuela tocaba el piano siempre cerraba los ojos, el pelo se lo recogía en dos trenzas diminutas de raíz. Mi abuela nunca tuvo mucho pelo. Pero el poco pelo que tenía, lo tenía largo y gris. Los mechones siempre se le escapaban de las trenzas, le caían en la cara y ella siempre los apartaba con movimientos bruscos de cabeza.
La abuela me enseñó que ese piano era capaz de apropiarse los sueños de la persona que tocaba, y reír y llorar sus lágrimas, y susurrar sus secretos, por eso siempre tienes que tener el corazón puro y el alma en paz, porque sino jamás podrás crear música. Una música capaz de estremecer el corazón del ser humano.

Después de que la abuela muriera mis padres me regalaron su piano. Ahora que ya no está toco en su nombre, en su recuerdo. Sin embargo, no he vuelto a crear música. Algo murió en mi y en su viejo piano cuando ella falleció. Algunos lo llaman tristeza, yo prefiero llamarlo vacío. Cuando las cosas nos hacen felices pensamos que serán para siempre, y la mayoría de las veces solemos equivocarnos.


19/11/15

Es Diciembre en las calles


Cristal había soñado tantas veces con estrecharlo entre sus brazos bajo las luces de Navidad, que ahora cuando podía, no lo creía. A su lado caminaban las personas con la mirada perdida en el horizonte, con las mejillas y la nariz coloradas, y las manos enfundadas en guantes de lana. Cristal bajó la vista y se encontró con sus ojos color caramelo mirándola con determinación y con algo más que Cristal no pudo descifrar. Segundos después, sin apenas pensarlo, lanzó al aire las palabras que creía sepultadas en las páginas arrugadas de su viejo diario. Lucas la miraba sonriendo, divertido. Se fijó en como movía las manos de un lado para otro, como se mordía el labio intentado explicar esos sentimientos que le estrujaban el corazón. Y en ese mismo instante tuvo la certeza de que amaba a la mujer que tenía delante, que siempre la había amado, desde que la vio por primera vez leyendo en el parque. Lucas todavía se acordaba de su vestido verde claro y sus sandalias de dedo. Su cabello le caía en cascada por su espalda desnuda. Tenía las uñas de las manos pintadas de color negro y la de los pies de un color rojo intenso. Le gustó que se quitara las sandalias y sintiera con sus pies la suavidad de la hierba. Cristal era libros, y primavera. Sí, libros y primavera. Ninguna mujer le había impresionado tanto como ella. Profunda y densa como la vida, alegre como una sonrisa, como una carcajada espontánea. Se sorprendió así mismo cuando se sentó a su lado y le dijo su nombre. Así empezó todo y ahora tenía de nuevo en frente suyo esa sonrisa que le volvía loco, sus ojos chispeantes y esas manos que se morían por tocarle. 

Es Diciembre en las calles Susurros del tiempoDe repente, Cristal sintió como el frío erizaba su piel o quizás fueron los labios de Lucas que se movían en su boca con tanta ternura que pudo sentir la calidez que desprendían. Cristal quiso decir algo pero en su lugar le abrazó. Se quitó los guantes y palpó con la yema de los dedos la piel de su rostro. Besó sus ojos, su nariz, sus mejillas para terminar, finalmente, besando su boca. 

Ni la nieve que había empezado a caer, ni el viento que revolvía sus cabellos empapados pudieron separar sus cuerpos en aquellos momentos.
-Feliz Navidad, Cristal-murmuró en sus labios.
-Feliz Navidad, Lucas-intentó repetir ella. 

Y se rieron, felices, sabiendo que ese encuentro había sido su regalo mejor más preciado. 






20/10/15

Tú, yo y tus 5 secretos.

Tú, yo y tus 5 secretos. Susurros del tiempo Ester Del Pozo
Imagínatelo. Tú y yo cogidos de la mano. Tu y yo dando vueltas alrededor de la Luna. Tu cara, mi cara. El mundo. 

Imagínatelo. Tú y yo solos, perdiéndonos en las vueltas. No hay vacío. No hay soledad. 
Imagínatelo. Tú y yo, girando, y girando. Sin caernos.
Sin caernos.

Imagínatelo. Tú y yo, juntos abrazados a la felicidad, sintiendo sus latidos en el corazón, su palpitar constante dentro nuestro. Nuestras arterias llenas de besos, de abrazos en noches eternas, de sueños dónde volamos entre guitarras y acordes, y volvemos a girar. 
A girar.

Imagínatelo. No hay más problemas, no hay más discusiones. No hay más silencios que hablen por nosotros. 
Imagínatelo. Sólo imagínatelo.

Imagina que en cada atardecer salimos de las sombras y caminamos paso a paso, girando con nuestros zapatos de cristal. Al tercer paso, pegamos un salto, como si voláramos, y luego volvemos a caer, sin que nuestros zapatos de cristal se rompan.  Imagina que te detienes  a los lados del camino a coger margaritas, y una a una las metes en una cesta de mimbre. En casa las colocas entre las páginas de tus libros favoritos, como si fueran pequeños tesoros. 

Te conozco muy bien, quizás mejor de lo que te conoces tú a ti misma, y sé que tu afán por conservar la belleza intacta te lleva a recolectar retazos de naturaleza, artefactos viejos o fotografías. Para ti los recuerdos son belleza, y la naturaleza, y aquello que no puedes conservar como los atardeceres lo fotografías en una instantánea eterna. No me sorprende nada que elijas los libros como cajas de recuerdos. 

Cuando estoy cerca de ti, percibo un aroma a antiguo, no a ese olor que apesta a pasado, sino a recuerdos y a vida vivida. Y entonces vuelvo a imaginar que tú y yo estamos dando vueltas, girando entre páginas de libros, margaritas, y fotografías. 




7/9/15

Líneas paralelas.

Apuro mi taza de café con leche. Estaba segura de que hoy llegaría tarde a clase. Me miro al espejo antes de salir. Me pongo un poco más de colorete y me pinto de rojo los labios. Me echo perfume y cojo la cartera. Antes de entrar a clase, cierro los ojos intentando tranquilizarme. Solo son adolescentes de 14 años Ana. No te van a comer. Tienes que ser fuerte. Tú eres la profesora. Tú mandas. Cuando entro, todos me miran con los ojos muy abiertos. Distingo un par de sonrisas burlonas. Pedro y Marcos. Son los graciosillos de la clase. La semana pasada, consiguieron cerrar el aula durante veinte cuatro horas. Tiraron dos bombas fétidas. ¡Dios mío, qué olor! En un principio pensé que alguien había tenido un escape o estaba descompuesto. 

Susurros del tiempoLes saludo internando disimular el temblor de mi voz. No tienen que saber que les tengo miedo. Miro la silla antes de sentarme. Por precaución. Nunca sabes cuándo te tocara a ti. Les pido que abran el libro de Lengua Castellana y Literatura por la página 112 y pido a Belén que empiece a leer. Su voz suena clara y firme en los recovecos de mi mente. 

Tenía 7 años. La luz del sol se filtraba por la ventana. Estaba sentada en la cocina viendo como mi madre me preparaba el desayuno. Tostadas con mantequilla y mermelada de frambuesa. Me sonrió. Siempre tuvo los dientes muy blancos. Siento de nuevo como la calidez de su sonrisa me recorre la piel. Me estremecí. Hace semanas que nadie me sonríe.  Eché la culpa al trabajo. Ser profesora de Educación Secundaria tiene un precio. Belén sigue leyendo. Mi madre se sentó a mi lado. Ahora está cosiendo mi disfraz de Caperucita Roja. Caperucita Roja era mi cuento favorito. Me lo leía todas las noches antes de dormir. Su voz me recuerda a la de Belén. Clara y firme. Alguien suelta una carcajada y todos se echan a reír. Escucho frases aisladas. “¡Cómo ha sonado!”, “ha sido Lucas”. Tengo que poner orden. Debo mandarles callar. Belén tiene que seguir leyendo. 



3/8/15

Y entonces, vuelve...

Susurros del tiempo Ester Del Pozo Merino
Las sombras me están esperando sentadas en la puerta de mi casa. Oscuras, frías, pegajosas. Sus ojos, oscuros y profundos. Sus pupilas, dos cavidades en forma de cruz. No tienen iris ni tampoco boca. Acampan en las escaleras, y cada vez que salgo miran al cielo, sabiéndolo inalcanzable. Y entonces, el miedo vuelve, el miedo que me provoca vacíos en el estómago. 

En la calle, al lado de las sombras y del silencio, hace frío. Un frío que hace contraste con el calor que impera en toda la ciudad. A veces, me pregunto si en la puerta de todas las casas habitan sombras. Me gustaría tener la osadía de formular esa simple pregunta, pero no tengo valor. Me asusta que piensen que estoy toc-toc. No quiero convertirme en el hazmerreír de la ciudad, en el objeto de sus bromas y burlas. Pero qué puedo hacer, si están ahí, en la puerta de mi casa mirando siempre al cielo, sabiéndolo inalcanzable, ellas tan reales como la vida, tan oscuras como la muerte. Los lunes me levanto por las mañanas diciéndome a mi misma que hoy es el día, el día en que aparcaré la vergüenza, el día en el que ya no me afectarán las opiniones y juicios de los demás, el día en el que les preguntaré si en sus casas viven sombras. 

Si le preguntara a Valentina: ¿en tu casa viven sombras? ella entrecerraría los ojos y me contestaría con una pregunta: ¿qué clase de sombras? y yo respondería, son negras, con ojos profundos y pupilas en forma de cruz. ¿Y te dicen cosas? me volvería a preguntar, exigiéndome detalles, adjetivos concretos. Y yo diría, no nada, son vacías, y siempre tienen los ojos en dirección al cielo. Al salir las atravieso partiéndolas por la mitad. Pero al día siguiente vuelven a estar sentadas en las escaleras, mirando al cielo. Cuando las observo por las mañanas con el café todavía en el estómago, siento frío, y una oscuridad densa se abre paso dentro de mi, dejándome un nudo en la garganta. ¡Tonterías! gimotearía Valentina con desdén. Agitaría la mano, como si quisiera quitar importancia al asunto. Y yo esbozaría una sonrisa tímida y quizás, quizás un poco asustada, porque entonces, se habría confirmado mi sospecha, en su casa no viven sombras. 
Y en la mía, sí. 



12/7/15

no tiene otra cosa más que tinta y papel

Susurros del tiempo Ester Del Pozo Merino
Alicia dice que ella se escribe a sí misma para no olvidar el pasado. Escribir es una forma de retener y de volver a sentir aquello que sucedió. Al escribir detienes emociones que no sabes si existen o no, emociones inestables como la vida o fugaces como los sueños, emociones que son consecuencia del mismo acto de vivir. 

A Alicia le gusta coger sus cuadernos y leer lo que escribió años atrás. Se sienta en el sofá de su casa, con un cuaderno en las manos y el resto apilados en el suelo y empieza a leer página por página su vida y su existir emocional.  

Cuando lo lee recuerda que ella era así, lo que escribía es lo que era. A veces se le escapan las lágrimas o se le escurren sonrisas al pasar las páginas y ver los borrones de tinta o el café que a veces se le derramaba en la páginas. Alicia siempre ha sido muy cafetera, desde los 15 años no ha podido vivir sin café. 

A veces se plantea cómo es que todavía hay personas que no son capaces de detenerse unos momentos al día y coger un cuaderno y ponerse a expresar con tinta o con pintura toda la emoción que late en su interior. La ira cuando sale en forma de verbo es curvilínea y afilada o el amor redondo y abstracto. A veces me encontraba a Alicia llorando rodeada de un montón de pañuelos usados, y sus cuadernos abiertos por el suelo. Me imaginaba que había tenido otro encuentro con su Alicia interior, y que como siempre había vuelto a desangrarse en lágrimas. 

Alicia siempre ha escrito porque le gusta recordarse como emoción y como historia. Se escribe a sí misma para que cuando transcurran los años y vuelva a leer su diario pueda recordar la sensación de la lágrima al borde del ojo, a punto de deslizarse por la mejilla, el amor que sintió o las esperanzas que siempre tuvo. 

Alicia escribe porque no quiere olvidarse. 

5/7/15

Molinos de viento

Hoy me he dado cuenta de que he estado perdiendo el tiempo. No he valorado los pedacitos de felicidad que la vida me ha ido regalando. El sol asomando la nariz cada mañana, los cafés con tostadas, caminar sin prisa por las calles de Madrid, el olor a aventura que desprenden los libros,  juntar letras y crear historias y poemas. Tu amor tan dulce. Tus manos acariciando mis labios para que después tus besos me arranquen miles de sonrisas. 

Si es que no hay felicidad más intensa que la siento a tu lado. Es esa magia que me llena por completo y me hace estremecerme de amor. Tus ojos de mar brillantes titilando como estrellas en la noche. Tus abrazos que me llenan y desgarran mi vacío. Eres tú, todo lo que necesito para vivir, da igual el lugar, da igual el tiempo, mi destino está ligado al tuyo, desde siempre ha sido así. 

¿Qué has visto en mi? Yo que me pierdo en las brumas oscuras de la melancolía, yo que me vuelvo libro y páginas, yo que desaparezco días sin previo aviso, yo que no puedo vivir sin ti. Yo que a veces prefiero la soledad que tu compañía. Yo que te necesito porque sin ti, muero. Eres mi música, mi clave de sol, mi camino. Cuando cierro los ojos, tu sonrisa ilumina mi oscuridad y me abraza asustando a los monstruos que viven debajo de mi cama. 
Lo único que quiero es que 
todo lo que ocurra, 
sea tristeza o alegría, 
sea a tu lado. 

Gracias por cosas como esta.

21/6/15

Cuando se tienen las ganas de un soñador

Susurros del tiempo Ester Del Pozo Merino
Música entre luces
Quiero creer que el mundo resurgirá de las cenizas, como el ave fénix, y la sangre de tanta gente inocente será vengada, que el sudor y las lágrimas, que levantarse del asiento y alzar el puño, son acciones que marcan la diferencia. Quiero creer que cada pequeña acción, cada sonrisa regalada, cada historia compartida, serán semillas que un día darán fruto. 

Escribir esto aquí no servirá de mucho. Nada de lo que yo haga va a servir de mucho, porque no tengo la fuerza suficiente, yo sola, como para cambiar nada. Pero no por eso voy a rendirme y dejar de intentarlo. Que importan la edad, la razón, el dinero, cuando se tienen las ganas de un soñador. No voy a dejarme seducir por la idea de que lo poco que haga será en vano, porque entonces sería dejarme morir. Y si algo sé de la vida, es que es una lucha constante contra la muerte. Hay que vivir luchando, porque sino luchas, sino tienes esperanza, sino tienes fe, habrás desaparecido del planeta antes de haber empezado a vivir. 

Nunca pierdas la esperanza de cambiar el mundo porque se puede. Te prometo que se puede. Y la mejor manera de empezar es por tu mundo y tu gente. 

14/6/15

Cómo se siente el amor de verdad


Susurros del tiempo Ester Del Pozo Merino
Lu me tenía cautivado. Le daba igual lo que los demás pensaran de ella, siempre iba con sus libros en la mano, con su pelo rojo despeinado y con sus vestidos de colores. A Lu le gustaba llamar la atención. Un día podía venir a clase con un sombrero de paja de ala ancha y al otro con una gorra de color rojo. De tanto observarla podía adivinar su estado de humor con tan solo ver la ropa que llevaba puesta ese día. Normalmente se sentía feliz si iba con colores llamativos y triste con colores negros o marrones. Le gustaba trenzarse el pelo, y hacerse moños apresurados. Los ojos de Lu eran morados, y de pestañas muy largas. Su boca era grande y con unos labios muy gruesos. Nunca se maquillaba. La verdad es que no lo necesitaba. Estaba siempre preciosa. 

Para mi Lu era mágica porque cada vez que me acercaba a ella mi ritmo cardíaco se aceleraba y si me saludaba a muy duras penas le respondía a su saludo. Siempre me hacía quedar como si fuera un tonto y eso a mi me encantaba. Lu tenía muchos pretendientes, chicos que besaban el suelo que ella pisaba. A veces les escuchaba hablar de ella en los baños de Educación Física y a mi me ponía enfermo. Pero que podía hacer si ella era así, mágica. Todo el mundo la quería, todo el mundo quería ser su amigo. Era Lu. 

Por Lu era capaz de cualquier cosa. Me acuerdo de que decía que por ella era capaz de contar la arena del mar. Por ella era capaz de bajar la Luna a la Tierra, o escribir poesías en las estrellas. Por ella era capaz de tantas cosas…sólo que ella nunca lo supo.  Ella nunca supo que su sola presencia me volvía loco, que hervía mi sangre y me hacía volar a "tres metros sobre el cielo". Y ahora me acuerdo de ese amor que inspiró miles de cartas, de poesías, de textos. Ese amor que me desveló por las noches durante años. Ese amor que desperdicié porque me faltó valentía. Y ahora me acuerdo de que ella era Lu, mi Lu. 

9/6/15

Ausencia

Ausencia Susurros del tiempoUna mañana Ana se levantó de la cama y descubrió que el mundo se había vuelto gris. No es el que día anterior no lo estuviese sino que hoy por primera vez había abierto los ojos. Y cuando se dio cuenta sintió que se ahogaba. Es fácil aislarse del mundo. Es fácil vivir en una burbuja de felicidad mientras evitamos a toda costa ver como el mundo se destruye. Es fácil acostumbrarse al dolor de los demás cuando lo que ves en la televisión día tras día, es violencia, muerte y destrucción. Es fácil sentirte afortunado cuando estás sentado cómodamente en el sofá de tu casa. Es fácil apagar la radio cuando lo que escuchas es una desgracia tras otra. Sí, es fácil. 

Ana se agarró al respaldo de la silla mientras contaba hasta tres. Uno, dos, tres. El aire entró por sus fosas nasales e hinchó sus pulmones. Inspiró e espiró varias veces. Y volvió a contar hasta tres. Uno, dos, tres. 

Esperó hasta que la información se perdió en algún lugar remoto de su cerebro. Y dejó de pensar y al dejar de pensar, el mundo recuperó todos sus colores. 

31/5/15

Mi satélite

Escucha You and Me mientras lees este relato. 


Flotando en medio de mi universo estás tú. 
Con tu piel hecha de estrellas brillando como si fueras un satélite. Sólo que no eres un satélite cualquiera eres mi satélite. Todo el día observándome con tus enormes ojos negros, todo el día dando vueltas y vueltas alrededor de mi cabeza. Eres como la Luna pero hecha de piel, huesos y arterias. 

Mi satélite Ester Del Pozo Merino

Dime por favor qué podría hacer sin ti. Sin tu corazón pegado al mío, sin tus sueños quemándome la piel. Me muero por sentirte y abrazarte en medio de la oscuridad de este túnel, y brillar contigo, con tu piel hecha de estrellas. 

22/5/15

Amor debajo de la escalera.


Susurros del tiempoCuando cumplí los 14 años tuve mi primera novia. Se llamaba Alejandra e iba a mi clase. No se me olvidará nunca la primera vez que la confesé que me gustaba y si quería salir conmigo. Cuando estaba cerca de ella mi corazón latía a toda prisa, me sudaban las manos y la lengua se me entrecortaba. Todavía recuerdo cómo nos dábamos la mano en el recreo, nuestro primer beso detrás del árbol, o nuestros nombres en las notitas que nos mandábamos debajo de la escalera. No dejaba de pensar en cuándo la volvería besar o abrazar, en lo bonita que era su sonrisa y en esos ojos castaños tan enormes que tenía. 

Mis compañeros de clase también se emparejaron pronto. Hubo un año en el que casi todos teníamos novia o novio, excepto unos pocos que no eran correspondidos y año tras año veían como sus ilusiones se rompían ante los “no” que les clavaban en el corazón. Ahora miro la vista atrás y me doy cuenta de que no era tan importante eso de tener novia, que la vida no sólo gira en torno al amor, y que hay otras cosas igual de apasionantes como pasear al lado de la chica a la que quieres. Sin embargo a esa edad, en esa búsqueda por intentar ser adulto y encontrase a uno mismo, el amor parece rodearlo todo. 

Víctor y Frank, incluso llegar a vestirse, hablar, peinarse y comportarse como Julio, el conquistador de la clase, ese que tanta fama tenía y tantos amores conseguía. No les puedo culpar, en el amor no hay reglas.

15/5/15

Crónicas de estar por casa*


Susurros del tiempo Ester Del Pozo Merino
Desde que tengo conciencia, mi hermana Jimena y yo estamos enfrentadas, porque para ella la vida es una batalla en la que se vence aniquilando al otro. No puede sentirse segura si no ha reducido el espacio vital de su adversario al mínimo necesario. Y la vez necesita de los demás para que reconozcan su fuerza. Por lo tanto, no sólo vive intentando destruirme por todos los medios posibles, sino que la encantaría que la dijera, mientras aplasta mi espalda con su codo que la quiero y que es la mejor hermana del universo. 

Lo peor de todo es que ha descubierto de alguna forma que lo que más odio en el mundo es el ruido y como mi habitación es contigua a la suya, se dedica a fastidiarme, haciendo ruido durante el día: chilla por teléfono, escucha la música a todo volumen, se cepilla el pelo cantando a grito pelado, da portazos y comenta todo lo que hace en voz alta hasta cosas tan apasionantes como lavarse los dientes o pintarse las uñas.  Mi hermana no comprende que el silencio es necesario para aquellos que no sólo viven centrados en el mundo exterior. No creo que pueda entenderlo porque su interior es tan caótico y ruidoso como la Gran Vía a las seis de la tarde. 

9/5/15

La ventana de su habitación.


Desde pequeño Pedrito había soñando con viajar. Recorrer los cinco continentes, visitar miles de museos, hacerse fotos en todos los monumentos del mundo, admirar la Torre Eiffel desde abajo, dar vueltas sobre sí mismo con los ojos cerrados, sintiendo en su piel el viento romántico de París. Se imaginaba en Nueva York subiendo en ascensor esos enormes edificios que le hacían cosquillas al cielo, y al llegar a lo alto, las manos pegadas en el cristal, sus ojos abiertos como platos, el vaho en el vidrio y el mundo pequeño. 

Pedrito soñaba con pasear en góndola al lado de una hermosa italiana de ojos negros, hacer surf en el océano Pacífico, y nadar entre delfines. Perderse entre las ruinas de Machu Pichu, hablar ocho idiomas, cantar baladas románticas a las doce de la noche mientras su hermosa italiana se reía hasta quedarse sin lágrimas. Jugar al escondite en Central Park, dar de comer a las gaviotas, volar en globo, hacer senderismo por las montañas de Adirondack, y construir castillos de arena en las playas de Puerto Rico con el sol tostándole la piel.  Pero despertó, y su italiana de ojos negros, y sus viajes alrededor del mundo, y el viento romántico de París, y las torres, y los castillos de arena, y las góndolas y las montañas de Adirondack desaparecieron por la ventana de su habitación.

2/5/15

Por favor, no me quites ese mar. No me lo quites.

Escucha Primavera mientras lees este relato. 

Susurros del tiempo. Ester Del Pozo Merino
Cómo describir esa sensación que me ahoga por dentro sin que me haga daño, cómo describir esa ansiedad que me descontrola cuando me sumerjo en la profundidad de tus ojos negros. No sé cuántas veces te lo he dicho pero me pierden tus ojos. Cuando los miro, me entra una paz en el pecho, un mar que se acurruca dentro de mi y me inunda por completo. Por favor, no me quites ese mar. No me lo quites. 

Cómo describir ese vacío que me llena por completo cuando tu no estás, como describir esa tristeza que llora por mi cuando los sentimientos me desbordan por dentro y no sé que hacer con ellos. A veces los vuelco en papel, e intento no sentirme tan loca. Recuerdo que tú siempre me decías que lo que te gustó de mi fue esa locura que siempre te hacía sonreír. No sé cuantas veces te lo he dicho pero me pierden tus palabras, tu capacidad de transformar la tristeza en sonrisas. Cuando te escucho, me entra una paz en el pecho, un mar que se acurruca dentro de mi y me inunda  por completo. Por favor, no me quites ese mar. No me lo quites. 

Cómo describir esa sensación de impotencia que me paraliza cuando pienso que a quién le importa lo que siento, joder, a quién le importa. A quién le importa mi vida, mis amigos, mi familia, a quién le importan mis sueños, mis vacíos. Y tú me mirabas con tus enormes ojos negros, me cogías de las manos y suavemente las apretabas, para después darme un abrazo y decirme que a ti sí te importaba. A ti sí.  No sé cuántas veces te lo he dicho pero me pierden tus abrazos. Cuando me abrazas, me entra una paz en el pecho, un mar que se acurruca dentro de mi y me inunda por completo. Por favor, no me quites ese mar. No me lo quites. 

26/4/15

Canciones de amor que suenan a ti.

  Escucha Give Me Love mientras lees este relato. 

Cogen el coche de Jake y viajan por las carreteras de España sin rumbo fijo. Sarah en el asiento de atrás se ve reflejada en el espejo retrovisor. Tiene los ojos tristes y los labios pintados de color rojo. A su lado tiene una maleta vieja cubierta de pegatinas. 
-Vayamos a un lugar lejos de aquí y no regresemos jamás, ¿ok?
Jake asiente levemente y sube el volumen de la radio. Sarah le mira y esboza una sonrisa, en la radio está sonando su canción favorita: “Give me Love”, de Ed Sheeran. Cuando llegó el estribillo empezó a gritar la canción, Jake le siguió, ambos se miraron y se lanzaron un beso en el aire.

My, my, 
My, my, oh give me love, my, my, my, my, oh give me love, My, my, my, my, 
Oh give me love, my, my, my, my, oh give me love, My, my, my, my, oh give 
Me love.

Susurros del tiempo. Ester Del Pozo Merino
Estallaron a carcajadas. Los ojos de Sarah brillaron de emoción, sabía que Jake jamás la abandonaría, él no era como los demás hombres que había conocido. Él la quería con todo, con lo bueno, y lo no tan bueno. Jake cada día le daba gracias por existir. Sabía que lo que quería en esta vida era cuidar de Sarah y amarla hasta que la vida se la apagara. El lugar le daba igual, con tal de estar al lado de la mujer a la que amaba. 

Pararán en la siguiente estación de servicio, se amarán como si no hubiera mañana, cuando les entre el hambre comerán comida china y no regresarán a casa jamás porque Jake y Sarah se habían ido para no volver.

19/4/15

Has escrito tu nombre con tinta indeleble


Susurros del tiempo Ester Del Pozo Merino

Fuimos al centro comercial del pueblo. Al principio nos dio vergüenza entrar, éramos conscientes de la imagen que dábamos. Dos locas, con los ojos hinchados por lágrimas, con sombreros de paja y botas de montaña. No hacía falta un cartel que dijera: “tenemos el corazón roto, tratar con respeto”. Pero a pesar de nuestros prejuicios logramos entrar con la cabeza bien alta. A mi me hubiera dado igual esmerarme un poco más, ponerme un poco de carmín y haber elegido con mas tino un vestido floral y veraniego, pero por respeto al corazón roto de Aria decidí no hacerlo. Total, ¿qué mas daba? No volveríamos a ver a esta gente en la vida. Incluso acabé reconociendo que me gustaba ir así de hortera y llamar tanto la atención. La cara de desconcierto de la gente, sus risas contenidas, y los murmullos que hacían a nuestro paso, me hicieron sentir libre por primera vez en muchos años. 

Elegimos la saga del Señor de los Anillos. Fue idea de Aria. No quería ninguna película que tuviera escenas románticas y ñoñas. Claro, la entendía. No le apetecía ver imágenes que le recordaran a un amor que pudo haber sido suyo. Treinta minutos después salimos bastante satisfechas. Hacía una mañana espléndida, un sol enorme brillando en un cielo despejado. Una suave brisa corría alegre y juguetona. Me sentí feliz y optimista. Miré a Aria de reojo, se sujetó el sombrero con la mano que tenía libre y soltó una palabrota. Algo así como “joder qué puto aire”.  Dos señoras nos miraron con una cara de reproche y continuaron andando.
-¿Qué he dicho? -preguntó Aria.
-Tía que boca tienes. Has asustado a esas pobres viejas.
-Qué dices Adela. Son esas pintas que llevas lo que las han asustado. 
-¿Perdona? -dije parándome en mitad de la acera.
-Es broma tonta-me agarro del brazo invitándome a que la siguiera.-Olvídalo. 

Apretamos el paso. Por el camino nos encontramos con varios niños jugando en el calle, y con ancianos sentados en sillas de mimbre tomando el sol a la salida de sus puertas. La mayoría nos saludaba con movimientos leves de cabeza. La única que respondía a sus saludos era yo, Aria tenía la mente en otra parte. Cuando llegamos a la cuesta que precedía a nuestra casa, nos quedamos paralizadas.
-Ostras tía, cacho cuesta. No tenía ni idea de lo horrible que era. No creo que pueda hacerlo-dijo Aria con la mano en el corazón. 
-¿Cómo que no? Pero si estás hecha toda una deportista -repuse medio en broma empujándola por la espalda. 
Fue en vano, Aria no movió. En lugar de eso se sentó en el bordillo y estiró las piernas. 
-Tía. No me hagas esto. Si es que estamos al lado. 
-Espera a que descanse un rato. 
Me quedé mirándola y resoplé. Aria nunca fue una gran deportista. Aria era de las que se quedaban en el patio, animando a los chicos cuando jugaban al fútbol. En Educación Física, lo pasaba bastante mal, apenas lograba hacer dos abdominales seguidos. Sin embargo, nunca le hizo falta hacer ejercicio para mantenerse en buena forma. Aria tenia un cuerpo delgado y firme. Era voluptuosa sin rozar lo excesivo. En resumen, siempre ha sido la envidia de todas las chicas. Incluida yo. 
-Tía, como no te levantes. Te dejo aquí sola. 
Aria ni se inmuto. Así que cogí y me puse a subir. Cuando llevaba un metro andando, me paré y giré la cabeza. Aria estaba de píe mirándome, me sacó el dedo corazón.
-Gracias por abandonarme aquí. Gran amiga. -gritó con mucho énfasis en la palabra “gran” mientras me seguía. 

12/4/15

no sé que hacer con todo esto que siento

Me gusta saber que tú estas aquí, que nos queda tanto por vivir, y que se nos va a quedar el tiempo corto.  Me gusta saber que me amas, que te importo, que para ti soy importante. Me gusta saber que lo que tu sientes por mi casi no te deja respirar. Me gusta saber que ocupo cada espacio de tu corazón, y que es todo mío. Me gusta saber que sólo yo he derribado tus murallas, las mil y una murallas de tu corazón. 
Si es que me encanta tu forma de morderte las uñas, y de peinarte el pelo. La manera en que te  obsesionas con las cosas, y tu forma de ver la vida. Tus historias, tu optimismo, tu risa, y tus ganas de comerte el mundo. Me encantan los días en los que odias a la humanidad y lo único que quieres hacer es escuchar música encerrada en tu habitación. Me encanta cada centímetro de tu boca, los lunares de tu espalda, tus manos delicadas y finas. Me encanta abrazarte y sentirte junto a mi, olvidándonos del mundo, jugando a crear universos en la piel. Me encantan tus lágrimas esas que saben tanto a felicidad como a tristeza, tus ojos chinos cuando te ríes, o la forma en la que te muerdes el labio cuando estás nerviosa.

Me gustas entera, de la cabeza a los píes. ¡Joder! es que te amo y no sé que hacer con todo esto que siento.

susurros del tiempo

7/4/15

Giuliana lo que quería era existir...

Susurros del tiempo Ester Del Pozo Merino
Giuliana no quería entender que ella no era real, que solamente era la protagonista de la historia. Giuliana lo que quería era existir. No comprendía porque sólo sentía la lluvia en su piel cuando Lucía leía su historia. Ella quería sentirla cuantas veces quisiera. Giuliana no quería esperar hasta el final del capítulo VII para besar a Jake. Ella quería besarlo ahora. Giuliana quería construir castillos en el aire tumbada en la hierba al lado de su mejor amiga Estrella y jugar con la arena del mar en verano y beber zumo de naranja y gritar en la cima de una montaña y contar historias junto a una hoguera.  

Giuliana se negaba a aceptarlo. Para Giuliana, ella era tan real como la vida misma. Se sentía eterna, con corazón y alma, no se sentía un saco de palabras impresas en papel reciclado. Giuliana quería lo imposible. Su vida ya estaba escrita. Sus pensamientos, sus emociones, su personalidad, no eran fruto del destino, sino de la mente de una chica llamada “la autora”. Ella ya había diseñado su vida, su principio y su final. Había decidido que el color de su cabello fuera rojo y rizado, sus ojos violeta, y su personalidad salvaje y decidida. “La autora” quería que no tuviera miedo a nada. A Giuliana le gustaba Jake porque “la autora” así lo quería. No tenía más misterio.

De repente Giuliana sintió que se ahogaba,  su vida no tenía sentido. Era solo un personaje más de una novela, aunque fuera la protagonista, y lo peor de todo era que sólo existía cuando alguien se ponía a leer su historia. El resto del tiempo, estaba muerta. Giuliana sintió que las lágrimas rodaban por sus mejillas cuando Lucía cerró el libro. Giuliana estaba a punto de volver a morir. ¿Esto demostraba la humanidad de Giuliana o era también parte del capricho de “la autora”? Giuliana nunca lo sabría. ¿Por qué? Porque “la autora” así lo había dispuesto.

30/3/15

Alto a todas tus inseguridades

Susurros del tiempo Ester Del Pozo Merino amigas, inseguridades
Me molestaba que me llamaran aburrida. Me recordaba los días de mi adolescencia, cuando era una niña despistada con aparato, gafas de pasta, y ropa pasada de moda. La gente me decía que era una “sosa” , que era rara y que vestía mal. No me lo decían a la cara, claro, eran unos cobardes, me lo decían por la espalda, y luego Aria, que siempre se enteraba de todo, me lo comentaba después de clase. Y yo me ponía a llorar. Siempre he sido de lágrima fácil. En esos años me sentía la reina de las desgraciadas. Nunca he entendido porque la gente se tiene que meter con los demás. Siempre que escucho a mis amigas criticar a alguien, me voy inventando cualquier excusa. Lo detesto. Y a la vez me desilusiono, porque si critican a esa persona, ¿quién me asegura de que no me critican a mi? 

Con los años he cambiado, ahora creo que visto bien. De vez en cuando me permito vestir a lo loco, son esos días en los que me da igual todo. Aria dice, que en esos días soy cómo soy yo realmente. La verdad no me he puesto a pensar si tiene o no razón. Quizás la tenga. Las personas cambian, evolucionan con el paso del tiempo, sin embargo a pesar de todos esos cambios hay algo que siempre permanece intacto y supongo que es la esencia, eso que te define. 

-Aria ¿alguna vez has hablado mal de mi?- pregunto de repente. 
Aria traga de dos bocados el pedazo de tarta de manzana que estaba masticando.
-No. Nunca. ¿por qué me lo preguntas?
-Por nada-dije. Aria no desvía la mirada, no jadea, no emite ningún murmullo. Empiezo a remover el café demasiado rápido. 
¿La creo? Sí claro que la creo. Aria nunca me ha abandonado por otra a pesar de que siempre ha tenido miles y miles de amigas. Nunca me ha dejado tirada cuando necesitaba hacer catarsis. Y ha sido la única de mis amigas que mantuvo el contacto conmigo cuando estuve en Inglaterra. Y bueno, actualmente me acoge en su casa. 

Aria me miró suspicazmente y me regaló una amplia sonrisa, derrochando simpatía por cada uno de sus dientes blancos. 
-Adela cariño. Cuéntame que te pasa. 
No pude. Si le contaba como me sentía, sería peor, porque revelaría todas mis inseguridades. No quería que viera lo infantil que a veces era.  

Aria no insistió y siguió comiendo. 

24/3/15

Por ella me convertí en su libro de historias

Me gusta su cara redonda y llena de pecas. Jimena dice que la tiene demasiado gorda. A mi no me lo parece, para mi es perfecta. Su labio superior es fino y el inferior un poco más grueso. Cuando se lo beso me encanta morderlo. Sus ojos son enormes, profundamente negros, y con unas largas pestañas rizadas. Es guapa, sólo que Jimena no lo se cree, tiene la autoestima demasiado baja. A pesar de que intento por todos los medios a mi alcance hacerla creer que su belleza corta la respiración a los hombres, ella insiste empeñada en que la miro con ojos de novio enamorado.

La autoestima de Jimena desapareció hace un año, cuando la diagnosticaron cáncer de estómago. Fue perdiendo poco a poco el pelo y el peso. Todo lo que comía lo vomitaba. Y no pensaba en otra cosa que  en la muerte, y en lo efímera y frágil que es la vida. Durante los meses que duró el tratamiento, Jimena leía siempre el mismo libro. Dormía apenas dos horas por las noches, y escribía la mayor parte de su abundante tiempo libre. Cuando iba a visitarla le traía libros nuevos y apenas los tocaba. Ella decía que dejara de hacerlo, que no podía leer otra cosa que no fuera “El viejo y el mar” de Hernest Hemingway

Susurros del tiempo. Ester Del Pozo MerinoCuando me veía entrar por la puerta, me echaba los brazos al cuello, y me pedía que la dijera que no iba a morir, que la quedaban muchos años de vida, que un día nos casaríamos y que tendríamos hijos, pequeñas Jimenas y pequeños Lucas. Yo la decía que sí, que tendríamos cuatro, cinco, todo los que quisiéramos. Cuando se la cayó el pelo, me preguntó que sí aún me parecía bella, yo con el corazón en un puño, la decía que sí, que era la más bella de todas las mujeres. A veces me tenía que ir de la habitación porque el dolor que sentía al verla tan rota, era demasiado fuerte y no quería que me viera llorar. Por ella quería mantenerme fuerte. Me convertí en su alegría, en su sonrisa llena de dientes blancos, en su libro de historias, en su pañuelo, en su primavera. 
Por las noches Jimena me pedía que la leyera cuentos: la Cenicienta, Caperucita Roja, Hansel y Gretel, la Bella y la Bestia y cuando se cansaba de estos, me inventaba otros nuevos. Me subía a su cama y me sentaba a su lado. Jimena cerraba los ojos y dejaba que mi voz recreara las imágenes conforme avanzaba en la lectura. A Jimena siempre le ha gustado el sonido de mi voz, grave y masculina como la describe ella. 

Jimena me está mirando, sabe que estoy pensando en ella, porque no dejo de sonreír. Tiene puesto un vestido azul claro y el pelo recogido en una trenza de raíz. Sus ojos negros me sonríen, pícaros. 
-Lucas quiero vivir toda una vida a tu lado-dice mientras se coloca una corona de flores en el pelo.

17/3/15

vive que vida sólo hay una

Susurros del tiempo éster del pozo merinoMorgana nunca se había detenido a escuchar como cantaban los pájaros por la mañana, ni a oler las rosas del jardín de su abuela Gene. Se levantaba por las mañanas, se metía en la ducha aún con las legañas en los ojos y se iba corriendo al trabajo, con la tostada a medio comer en una mano y el café en la otra. No tenía tiempo para ver, oír, oler y sentir el latido constante del planeta Tierra. Tenía la nariz siempre metida dentro del móvil y cuando llegaba a casa en el ordenador. No se estaba dando cuenta de que la vida, entre mensaje y mensaje, se le estaba escurriendo de las manos.

Mientras Morgana subía la foto de su cena a Instagram, el cielo se teñía de sangre. La luna celosa había desplazado al sol. Era su turno de brillar. Mientras Morgana dormía, Oscar romántico, había pedido salir a Lucia y en esos instantes, se estaban besando apasionadamente en el parque de La Farola. La ciudad entera, olía a verano. 

Mientras Morgana miraba su página de Facebook, Marta se zambullía en el mar caribeño en otro lado del mundo y Lucas leía un libro tostándose al sol. Mientras Morgana editaba una foto con el móvil, Amelia, su mejor amiga, vomitaba el desayuno. Mientras Morgana volvía a subir otra foto a Instagram,  la perrita dálmata de Rodolfo, el vecino de enfrente, tenía tres cachorros. 

Mientras Morgana actualizaba su Twitter, Emilia moría en su habitación. Mientras Morgana chateaba con Adela, a Paco le despedían del trabajo, y los pájaros de Curro se escapaban. Primi después de darles de comer, se olvidó cerrar la jaula. Ahora volaban libres en el inmenso y profundo cielo azul. Pero claro, Morgana no sabía nada, porque todo eso ocurría mientras actualizaba su mundo virtual.

7/3/15

Había descubierto que hacer infeliz a los demás era lo que le hacía feliz

Armando odiaba ver como la gente desprendía sonrisas, y alegría, detestaba su optimismo y la vitalidad con la que enfrentaban los días. Sin embargo, lo que no soportaba Armando, lo que odiaba de una forma visceral, eran los niños. Le daba igual la edad los odiaba a todos. 

Para él los niños eran mocosos llenos de bacterias, sucios y ruidosos. Incluso les tenía un poco de miedo. Pensaba que si uno de esos pequeños seres se le acercaba demasiado acabaría contagiándole alguna enfermedad extraña. No quería correr ese riesgo. Siempre les veía tan felices, corriendo de aquí para allá, con una sonrisa gigantesca en esa diminuta cara. No sabía por qué esa alegría tan esperpéntica, y esas risas tan ligeras. “En mi época los niños no éramos así”, pensaba. Lo sábados se sentaba en un banco en el parque de enfrente de su casa y les observaba comer arena y escarbar en el barro. A veces les veía montar en sus triciclos o jugar con sus cachivaches. Cuando algún niño se caía y se ponía a llorar, se reía maliciosamente. Valía la pena esperar sentado toda la mañana. 

Armando odiaba su trabajo casi tanto como odiaba a los niños. Le causaba angustia tener que sonreír todo el día, y fingir alegría delante de sus compañeros del trabajo. Lo único que le hacía feliz era ver a los niños caerse e ir corriendo con sus piernas regordetas a los brazos de su madre o si esa madre era de las que siempre estaban pendientes de sus hijos y de las que apenas les dejaban respirar, ir a cogerle y acunarle entre sus brazos. Cuando los niños pasaban cerca de él les ponía la zancadilla, o si el balón de fútbol caía a sus píes lo lanzaba tan lejos como podía. Le producía un placer inaudito fastidiarles el día. Causar aunque fuera un poco de sufrimiento en los demás, era lo que le daba sentido a su vida. 

18/2/15

Respira. Huele a ti.

A veces le miraba a escondidas sin que se diera cuenta. Le gustaba observar como desplazaba el tenedor a la boca mientras comía, como se rascaba la barbilla y se peinaba el pelo. Le entraba la risa al verle sonrase los mocos cuando estaba resfriado. Su cara reflejaba un placer inaudito al poder respirar de nuevo sin interrupciones. Después Julián le devolvía la mirada sonriendo con la boca abierta. En ocasiones cuando le hacía reír se le escapaban sonoras carcajadas y aplausos espontáneos. 

Susurros del tiempo. Ester Del Pozo Merino
Y allí estaba él al otro lado de la habitación. Le observaba curiosa mientras Julián se abrochaba los botones de la camisa. Se acercó escuchando como la madera crujía bajo sus pies descalzos. Julián la abrazó rodeando su menudo cuerpo entre sus brazos. La elevó en el aire en unos segundos y después la dejo caer en el suelo. Y se quedaron así sintiéndose el uno al otro. Abrazados. 

Amanda, por fin,  había entendido por qué Julián era  tan duro y distante. Había indagado en su pasado y había encontrado las respuestas. Julián había tenido que crecer demasiado rápido. Sus padres habían muerto en un accidente de tráfico cuando él todavía era un niño. Sin embargo bajo esa apariencia de frialdad, Julián tenía un alma cálida y tierna. Las apariencias engañan le recordaba siempre Julián. 


Para Amanda, Julián era un hombre misterioso que vivía a las afueras del pueblo, en una casa embrujada llena de muebles viejos y cortinas gruesas. Cada vez que iba a visitarle, se quedaba encandilada contemplando las piezas de porcelana en los estantes del salón o leyendo los títulos de los libros de la biblioteca. En ocasiones los cogía mientras nadie la veía y olisqueaba sus páginas. 

La luz entraba a raudales por los enormes ventanales de la habitación, Julián se deshizo suavemente de su abrazo y sintió que algo se quebraba en su interior al mirarla a los ojos.  Era su corazón que le decía entre latido y latido que lo que sentía por Amanda era amor verdadero.