27/1/15

y entonces me abrazas y cierro los ojos y cierras los ojos y me besas y te beso.


Me falta el oxígeno cuando tú no estas. Añoro cada centímetro de tu piel morena, y tus labios, y tus dientes. Esos días te imagino a mi lado sonriéndome con tu boca de chocolate y tus ojos color caramelo. Estás ahí, de píe mirándome fijamente, y entonces me abrazas y cierro los ojos y cierras los ojos y me besas y te beso. 

¿Sabes? Siento mariposas en el estómago cuando me recorres la mano con tu dedo índice, cuando me sonríes, cuando me dices lo bonita que estoy, cuando paseamos por las calles de Madrid, cuando te miro masticar, cuando te ríes de esa forma tan graciosa, el mundo se detiene y estamos tu y yo solos y el infinito rodeando nuestros corazones. Y entonces me abrazas y cierro los ojos y cierras los ojos y me besas y te beso. Y un cúmulo de sensaciones se desbordan por las paredes de mi corazón. 

Y recuerdo el helado de vainilla y chocolate que acabó en tu nariz.  Ese día me contaste los lunares de la cara, y uno a uno los besaste. Después me cogiste de la mano, me miraste a los ojos y me dijiste por primera vez, te amo.  

susurros del tiempo Ester Del Pozo Merino sonrisas de arcoiris

Y recuerdo cuando estábamos los dos juntos leyendo en el sofá. De repente dejaste de leer, pronunciaste muy despacio mi nombre, como si fuera algo mágico, como si quisieras arrullarlo con tus labios, y me volviste a decir te amo

Y recuerdo esa mañana de abril, tumbados en el césped mirando las nubes deslizarse por el cielo. Te incorporaste y con una margarita me acariciaste la punta de la nariz, y mientras yo contenía el aliento, me dijiste: te amo. Me he enamorado de ti, de tus alas, de tu corazón tierno y salvaje. 
No lo olvides. 
¿Vale?

20/1/15

Anabel siempre ha tenido el corazón lleno de letras...


susurros del tiempo Ester Del Pozo Merino sonrisasdearcoiris.blogspot. com
Anabel odiaba las números. A Anabel le gustaban las palabras y escribir poesías en cuadernos de papel reciclado. Por las tardes se sentaba en el jardín de su casa, dejaba que los rallos del sol acariciaran su piel morena y minutos después se ponía a escribir. Primero cerraba los ojos y se imaginaba que estaba escondida entre nubes de algodón de azúcar, respiraba hondo e inhalaba el aire que se escapaba entre sus risas. Después se concentraba en sus escritos y dejaba que las palabras fluyeran una detrás de otra. 

Anabel siempre ha vivido rodeada de libros. Los libros la alegraban cuando estaba triste y disipaban su aburrimiento mientras su padre trabajaba en la habitación contigua.  Cuando entrabas a su casa si eras despistado, tropezabas con las pilas de libros que se amontonaban en el pasillo. La habitación de Anabel consistía en una cama al lado de la ventana, un escritorio y estanterías repletas de novelas. En el primer cajón de su escritorio estaban los dos libros ilustrados con los que Anabel aprendió a leer-contaba con 4 años y medio y aún se percibía entre las páginas la huella de su diminuto y ambulante dedo índice- y en el fondo estaban los libros que había escrito Anabel. Eran una recopilación de poesías, imágenes y flores secas.  A las 10 de la noche después de ponerse el pijama y cepillarse el pelo, Anabel se metía entre las sábanas y leía hasta que se quedaba dormida. Su sueño era mágico y tempestuoso. En el habitaban duendes de azúcar, hadas con vestidos de hojas y purpurina en las alas, setas venosas, plumas de mirlo y príncipes montados en corceles blancos como la nieve. 

A veces Anabel daba paseos por el bosque que estaba detrás de su casa. Se metía entre los árboles hasta llegar a un riachuelo de aguas cristalinas. Se mojaba los pies en el agua, y hacía ramos de flores silvestres con los que después adornaba la mesa de su habitación. Los sábados su madre la obligaba a visitar a su vecina Gema, una niña un año más pequeña que Anabel. La madre de Anabel estaba preocupada porque su hija pasaba más tiempo entre hojas y tinta que en la propia realidad. Por eso la animaba a que saliera al aire libre y se relacionara con los niños de su edad. 

Cuando llegaba el invierno Anabel se sentaba en un sillón desgastado por los años, se tapaba con una manta hecha con los jirones de su colcha favorita y con un cuaderno y un lápiz en las manos escribía mientras escuchaba como el fuego chisporroteaba en la chimenea del salón.

9/1/15

Hasta el más mínimo detalle.

Ester Del Pozo Merino

Artur Martí, Miguel Sanz y yo llevábamos varias horas tirados en el suelo. Las ventanas del salón estaban abiertas de par en par. Hacía tanto calor que apenas podíamos movernos. Miguel Sanz tenía puesto el bañador y de vez en cuando se rociaba con un spray lleno de agua. 
-Está soltera pero no quiere novio-dije por tercera vez. 
-Entonces tienes una oportunidad-dijo Artur Martí mirándome de reojo.
-Tienes que averiguar por qué han roto-comentó Miguel Sanz.-¡Qué calor! ¿Por qué no arreglas de una puta vez el aire acondicionado? 
-¿Por qué yo? Que lo pague Jaime coño, es el que tiene mejores ingresos. 
-No te lo decía a ti, se lo decía a Jaime. 
Artur Martí emite un gruñido de aprobación. 
-No voy a pagar un solo euro por el aire acondicionado. ¿Quién se lo ha cargado? El que haya sido que lo pague. 
-Ha sido Miguel-dijo Artur Martí. Miguel Sanz le da una patada en la pierna. 
-Serás mentiroso.
¡Qué pesados son! 

Tengo que poner las cosas en perspectiva. Ha tenido novio pero a día de hoy está soltera. Debería sentirme bien, pero en lugar de eso me siento enfermo. En todas las relaciones que he tenido he sido yo el conquistado. Estaban locas por mi antes de que empezáramos a salir. En cambio con Elisabeth Garcia es al revés. Soy yo el que está loco por ella. Voy a tener que esforzarme y poner todo mi cerebro en acción para poder conquistarla. Me ha dado una oportunidad, no sé si por pena o porque en realidad le parezco interesante, el caso es que va a salir conmigo así que tengo que hacerlo bien, muy bien. De hecho soy un gran tipo, alto, ojos azules, e inteligente. ¿A quién quiero engañar? Doy pena. Mis músculos están fofos y no tengo conversación. ¿De que voy hablar con ella? Estoy perdido. Muerto. 

-Jaime, Jaime, ¿todo bien?-preguntó Artur Martí mientras se levantaba a duras penas del suelo. -Despacio, muy despacio que si no sudo. 
Miguel Sanz le miraba moverse estupefacto. 
-No, no estoy bien. Voy a fastidiarlo todo. Elisabeth García es una musa etérea, es de otro mundo. Está fuera de mi alcance -dije dando un golpe al suelo con la mano.
-Jaime, tranquilo, tranquilo. 
Paf. Me dio una bofetada en toda la cara. 
-Joder, eso duele. 
Mi mejilla ardía. 
-Lo necesitabas, estás delirando. 
Artur Martí había conseguido ponerse de píe. Nos miró con una expresión de triunfo en la cara. 
-Colega me das infinita pena. Si sigo aquí al final voy acabar llorando. Y no quiero. Soy feliz y voy a ser feliz contigo o sin ti-dijo dramáticamente. 
-Lo flipo con Artur-me comentó Miguel Sanz mientras veía como Artur Martí desaparecía por el pasillo rumbo a su habitación. 
-Parece que vive en una telenovela o algo así. 
-¿Por que lo dices? 
-Por como habla-dije rodando por el suelo como si fuera una croqueta hasta ponerme a su lado. -Estoy fatal, no sé que hacer con Elisabeth. 
-Pensé que ya lo habíamos hablado. -dijo Miguel Sanz con voz cansada-Básicamente tienes que hacer todo lo posible por ser su amigo. Saber cómo es ella, qué piensa, qué sueña, qué la hace reír. Y una vez que tengas todo eso claro, debes pasar a la acción, tantear el terreno poco a poco  y averiguar qué siente por ti. 
-Vale. Lo entiendo. No, no lo entiendo, ¿qué quieres decir con “tener todo eso claro”?
-Pues, a ver, cómo te lo explico. Con “tener todo eso” claro quiero decir, que te hagas una idea bastante acertada de cómo es ella, que sepas definirla con exactitud. 
Asentí. Creo que esta vez sí que lo entendía. 
-Quieres decir que invierta mis energías en conocerla bien. 
-Exacto. Esa es la idea. 
-¿Y cómo hago para conocerla?
Me sentí tonto haciendo esa pregunta. A estas alturas de la vida, y no sé qué tengo que hacer para conocer a una mujer. 
-Piensa que es un hombre. ¿Cómo te acercas a un hombre?
-¿Qué pregunta es esa? Y yo que sé. 
-Piensa un poco. 
-En serio Miguel, te estás pasando. 
-Inténtalo. 
-No puedo responder a esa pregunta. 
-¿Por qué no?
-Porque no sé. 
-¿Qué hiciste para conocerme? 
-Pues hablar contigo y preguntarte cosas.
-Pues así tienes que actuar con ella.
Era un jodido experto. 
-Si sabes tanto sobre las mujeres, ¿por qué estas soltero?
-No ha llegado la adecuada. 
Me hizo reír. Sí, me hizo reír. 
-Sentado todo el día en casa y yendo al gimnasio por las tardes, normal que no llegue la adecuada. Tienes que salir a buscarla. 
-¿Ahora eres tú el que me da consejos?
-No sé solo te doy mi opinión, de colega a colega. De amigo a amigo.
Miguel Sanz se sentó en el suelo. 
-Voy a por un helado. ¿Te apetece uno?-preguntó con los ojos brillantes. 
-Sí. Claro que me apetece uno, de chocolate.

Miguel Sanz se levantó y se fue a la cocina. Le oí abrir el congelador y rebuscar dentro. Apareció minutos después con dos conos de chocolate. Se sentó a mi lado y durante diez minutos nadie dijo nada. Solo se escuchaba el ruido que hacíamos al masticar.

Miguel Sanz tenía razón, conocer a Elisabeth García debía ser mi preocupación principal, mi objetivo. La verdad tenía cierta inquietud por saber cómo era ella, de hecho quería saber todo, hasta el más mínimo detalle. 

1/1/15

A través de sus ojos

Susurros del tiempo. Ester Del Pozo Merino
Emma tenía una sonrisa de labios grandes y dientes blancos. Los ojos de un color castaño claro con reflejos verdes. Su pelo negro le caía por la espalda en cascada. Emma se veía feliz, optimista. 
Raro es el día en el que no lo estuviera. Emma a pesar de que afuera hiciera un día gris, incluso lloviera o nevara, siempre le regalaba al mundo su enorme sonrisa. Nosotros, sus compañeros del trabajo, la admirábamos por su terrible optimismo, por su forma de ver la vida, siempre buscando el lado bueno de las cosas.  

Oscar Pérez accionó el mando a distancia y los gráficos volvieron a cambiar. 
-El 60% de las mujeres piden que se reduzca el contenido calórico y el 40% de las mismas les da igual-concluyó con un gesto de impotencia. 
-Exceptuando el tema calorías, en general no saben lo que quieren-interrumpió alguien. 
-Recuérdanos cuál era el público objetivo-pidió María Sanchez frunciendo el entrecejo.

Oscar consultó un papel. Aproveché para mirar de nuevo a Emma. Estaba escribiendo unas frases en su liberta de color rosa. Levantó la vista y me sonrío mientras se colocaba un mechón de pelo negro detrás de la oreja. Sus ojos me miraron intentando atravesar las densidades más oscuras de mi alma.  Me sentí desnudo delante de un vendaval. Le devolví la mirada, intentando mirarla de la misma forma en la que ella me miraba, quería clavarle mis ojos como dagas en el corazón. No pude. Baje la mirada, avergonzado. Es que Emma ha viajado “a lo más profundo y negro de la sociedad, y aún se levanta y sigue queriendo cambiarla”.



¡Feliz Año Nuevo!