18/2/15

Respira. Huele a ti.

A veces le miraba a escondidas sin que se diera cuenta. Le gustaba observar como desplazaba el tenedor a la boca mientras comía, como se rascaba la barbilla y se peinaba el pelo. Le entraba la risa al verle sonrase los mocos cuando estaba resfriado. Su cara reflejaba un placer inaudito al poder respirar de nuevo sin interrupciones. Después Julián le devolvía la mirada sonriendo con la boca abierta. En ocasiones cuando le hacía reír se le escapaban sonoras carcajadas y aplausos espontáneos. 

Susurros del tiempo. Ester Del Pozo Merino
Y allí estaba él al otro lado de la habitación. Le observaba curiosa mientras Julián se abrochaba los botones de la camisa. Se acercó escuchando como la madera crujía bajo sus pies descalzos. Julián la abrazó rodeando su menudo cuerpo entre sus brazos. La elevó en el aire en unos segundos y después la dejo caer en el suelo. Y se quedaron así sintiéndose el uno al otro. Abrazados. 

Amanda, por fin,  había entendido por qué Julián era  tan duro y distante. Había indagado en su pasado y había encontrado las respuestas. Julián había tenido que crecer demasiado rápido. Sus padres habían muerto en un accidente de tráfico cuando él todavía era un niño. Sin embargo bajo esa apariencia de frialdad, Julián tenía un alma cálida y tierna. Las apariencias engañan le recordaba siempre Julián. 


Para Amanda, Julián era un hombre misterioso que vivía a las afueras del pueblo, en una casa embrujada llena de muebles viejos y cortinas gruesas. Cada vez que iba a visitarle, se quedaba encandilada contemplando las piezas de porcelana en los estantes del salón o leyendo los títulos de los libros de la biblioteca. En ocasiones los cogía mientras nadie la veía y olisqueaba sus páginas. 

La luz entraba a raudales por los enormes ventanales de la habitación, Julián se deshizo suavemente de su abrazo y sintió que algo se quebraba en su interior al mirarla a los ojos.  Era su corazón que le decía entre latido y latido que lo que sentía por Amanda era amor verdadero. 

5/2/15

Sombras

Ester Del Pozo Merino
No podía dormir. La habitación se me antojaba oscura y vacía sin Lucas durmiendo a mi lado. Estiré la mano, toque con la yema de los dedos su lado del colchón e imaginé su cuerpo cálido y fuerte al otro lado de la cama. 

Soy débil y tonta. Lucas tiene razón, nadie más me va a querer, no sirvo para nada. En esos instantes, pensé en hacerme daño, en cortarme y arrancarme la piel a tiras. Hacía años que no me venía ese sentimiento y tuve miedo. La primera vez que me corté tenía 14 años. Era gorda y odiaba tanto mi vida que creía que debía morir. Una noche, no pude más y me levanté de la cama y con los píes descalzos me encerré en el baño. El suelo de mármol estaba mojado. Había pequeños charcos de agua estancada al lado de la bañera. Raquel se había duchado antes de ir dormir y no había pasado la fregona. Me subí la manga del pijama y con la cuchilla de afeitar de padre corté la piel interna del brazo en varias lineas horizontales. La sangre fluía desde las heridas hacía el lavabo. Después desinfecté las heridas con Betadine y corté la hemorragia con un par de gasas. Me miré al espejo y me di cuenta de que estaba llorando.

A la mañana siguiente, la profesora nos repartió los exámenes corregidos. Había vuelto a sacar un diez en matemáticas. Cuando se enteró Alberto me tiró una bola de papel y gritó a pleno pulmón “la monja bigotuda es una empollona” Todo el mundo se empezó a reír  incluso mi mejor amiga Lucia. Escondí la cara en los brazos y empecé a llorar. Cuando llegue a casa le di el examen a madre y me fui a la habitación. 

Mis padres vivían engañados, pensaban que era perfecta porque sacaba siempre buenas notas e iba los domingos a la iglesia. Mi hermana pequeña me admiraba tanto que quería parecerse a mi. Se tiñó el pelo de rubio, copió mis gestos, y empezó a comer lo mismo que yo. Lo más gracioso de todo es que ella no engordaba. Estúpida Raquel, siempre ha tenido un cuerpo perfecto. El único que sabía el calvario en el que estaba viviendo era el sacerdote de la parroquia. Me ayudó a dejar de cortarme, y a valorarme tal y como era. Más de una vez le pillé llorando cuando le contaba que lo había vuelto hacer. Me animó a que hiciera deporte y cuidara mi aspecto personal. Todavía recuerdo las vueltas que dio para decirme esas cosas. Me tomé en serio todo lo que me dijo y sin darme cuenta empecé a adelgazar. Los chicos dejaron de meterse conmigo, dejaron de verme como un espécimen raro. Conocí a Lucas años mas tarde, me casé y tuve dos hijos. 

Encendí la luz de la habitación, me quité el pijama y contemplé mi cuerpo desnudo en el espejo. 
-Bueno Alicia ya no eres una niña de 14 años. Sólo te sobran un par de kilos-dije sonriendo a mi reflejo.