30/3/15

Alto a todas tus inseguridades

Susurros del tiempo Ester Del Pozo Merino amigas, inseguridades
Me molestaba que me llamaran aburrida. Me recordaba los días de mi adolescencia, cuando era una niña despistada con aparato, gafas de pasta, y ropa pasada de moda. La gente me decía que era una “sosa” , que era rara y que vestía mal. No me lo decían a la cara, claro, eran unos cobardes, me lo decían por la espalda, y luego Aria, que siempre se enteraba de todo, me lo comentaba después de clase. Y yo me ponía a llorar. Siempre he sido de lágrima fácil. En esos años me sentía la reina de las desgraciadas. Nunca he entendido porque la gente se tiene que meter con los demás. Siempre que escucho a mis amigas criticar a alguien, me voy inventando cualquier excusa. Lo detesto. Y a la vez me desilusiono, porque si critican a esa persona, ¿quién me asegura de que no me critican a mi? 

Con los años he cambiado, ahora creo que visto bien. De vez en cuando me permito vestir a lo loco, son esos días en los que me da igual todo. Aria dice, que en esos días soy cómo soy yo realmente. La verdad no me he puesto a pensar si tiene o no razón. Quizás la tenga. Las personas cambian, evolucionan con el paso del tiempo, sin embargo a pesar de todos esos cambios hay algo que siempre permanece intacto y supongo que es la esencia, eso que te define. 

-Aria ¿alguna vez has hablado mal de mi?- pregunto de repente. 
Aria traga de dos bocados el pedazo de tarta de manzana que estaba masticando.
-No. Nunca. ¿por qué me lo preguntas?
-Por nada-dije. Aria no desvía la mirada, no jadea, no emite ningún murmullo. Empiezo a remover el café demasiado rápido. 
¿La creo? Sí claro que la creo. Aria nunca me ha abandonado por otra a pesar de que siempre ha tenido miles y miles de amigas. Nunca me ha dejado tirada cuando necesitaba hacer catarsis. Y ha sido la única de mis amigas que mantuvo el contacto conmigo cuando estuve en Inglaterra. Y bueno, actualmente me acoge en su casa. 

Aria me miró suspicazmente y me regaló una amplia sonrisa, derrochando simpatía por cada uno de sus dientes blancos. 
-Adela cariño. Cuéntame que te pasa. 
No pude. Si le contaba como me sentía, sería peor, porque revelaría todas mis inseguridades. No quería que viera lo infantil que a veces era.  

Aria no insistió y siguió comiendo. 

24/3/15

Por ella me convertí en su libro de historias

Me gusta su cara redonda y llena de pecas. Jimena dice que la tiene demasiado gorda. A mi no me lo parece, para mi es perfecta. Su labio superior es fino y el inferior un poco más grueso. Cuando se lo beso me encanta morderlo. Sus ojos son enormes, profundamente negros, y con unas largas pestañas rizadas. Es guapa, sólo que Jimena no lo se cree, tiene la autoestima demasiado baja. A pesar de que intento por todos los medios a mi alcance hacerla creer que su belleza corta la respiración a los hombres, ella insiste empeñada en que la miro con ojos de novio enamorado.

La autoestima de Jimena desapareció hace un año, cuando la diagnosticaron cáncer de estómago. Fue perdiendo poco a poco el pelo y el peso. Todo lo que comía lo vomitaba. Y no pensaba en otra cosa que  en la muerte, y en lo efímera y frágil que es la vida. Durante los meses que duró el tratamiento, Jimena leía siempre el mismo libro. Dormía apenas dos horas por las noches, y escribía la mayor parte de su abundante tiempo libre. Cuando iba a visitarla le traía libros nuevos y apenas los tocaba. Ella decía que dejara de hacerlo, que no podía leer otra cosa que no fuera “El viejo y el mar” de Hernest Hemingway

Susurros del tiempo. Ester Del Pozo MerinoCuando me veía entrar por la puerta, me echaba los brazos al cuello, y me pedía que la dijera que no iba a morir, que la quedaban muchos años de vida, que un día nos casaríamos y que tendríamos hijos, pequeñas Jimenas y pequeños Lucas. Yo la decía que sí, que tendríamos cuatro, cinco, todo los que quisiéramos. Cuando se la cayó el pelo, me preguntó que sí aún me parecía bella, yo con el corazón en un puño, la decía que sí, que era la más bella de todas las mujeres. A veces me tenía que ir de la habitación porque el dolor que sentía al verla tan rota, era demasiado fuerte y no quería que me viera llorar. Por ella quería mantenerme fuerte. Me convertí en su alegría, en su sonrisa llena de dientes blancos, en su libro de historias, en su pañuelo, en su primavera. 
Por las noches Jimena me pedía que la leyera cuentos: la Cenicienta, Caperucita Roja, Hansel y Gretel, la Bella y la Bestia y cuando se cansaba de estos, me inventaba otros nuevos. Me subía a su cama y me sentaba a su lado. Jimena cerraba los ojos y dejaba que mi voz recreara las imágenes conforme avanzaba en la lectura. A Jimena siempre le ha gustado el sonido de mi voz, grave y masculina como la describe ella. 

Jimena me está mirando, sabe que estoy pensando en ella, porque no dejo de sonreír. Tiene puesto un vestido azul claro y el pelo recogido en una trenza de raíz. Sus ojos negros me sonríen, pícaros. 
-Lucas quiero vivir toda una vida a tu lado-dice mientras se coloca una corona de flores en el pelo.

17/3/15

vive que vida sólo hay una

Susurros del tiempo éster del pozo merinoMorgana nunca se había detenido a escuchar como cantaban los pájaros por la mañana, ni a oler las rosas del jardín de su abuela Gene. Se levantaba por las mañanas, se metía en la ducha aún con las legañas en los ojos y se iba corriendo al trabajo, con la tostada a medio comer en una mano y el café en la otra. No tenía tiempo para ver, oír, oler y sentir el latido constante del planeta Tierra. Tenía la nariz siempre metida dentro del móvil y cuando llegaba a casa en el ordenador. No se estaba dando cuenta de que la vida, entre mensaje y mensaje, se le estaba escurriendo de las manos.

Mientras Morgana subía la foto de su cena a Instagram, el cielo se teñía de sangre. La luna celosa había desplazado al sol. Era su turno de brillar. Mientras Morgana dormía, Oscar romántico, había pedido salir a Lucia y en esos instantes, se estaban besando apasionadamente en el parque de La Farola. La ciudad entera, olía a verano. 

Mientras Morgana miraba su página de Facebook, Marta se zambullía en el mar caribeño en otro lado del mundo y Lucas leía un libro tostándose al sol. Mientras Morgana editaba una foto con el móvil, Amelia, su mejor amiga, vomitaba el desayuno. Mientras Morgana volvía a subir otra foto a Instagram,  la perrita dálmata de Rodolfo, el vecino de enfrente, tenía tres cachorros. 

Mientras Morgana actualizaba su Twitter, Emilia moría en su habitación. Mientras Morgana chateaba con Adela, a Paco le despedían del trabajo, y los pájaros de Curro se escapaban. Primi después de darles de comer, se olvidó cerrar la jaula. Ahora volaban libres en el inmenso y profundo cielo azul. Pero claro, Morgana no sabía nada, porque todo eso ocurría mientras actualizaba su mundo virtual.

7/3/15

Había descubierto que hacer infeliz a los demás era lo que le hacía feliz

Armando odiaba ver como la gente desprendía sonrisas, y alegría, detestaba su optimismo y la vitalidad con la que enfrentaban los días. Sin embargo, lo que no soportaba Armando, lo que odiaba de una forma visceral, eran los niños. Le daba igual la edad los odiaba a todos. 

Para él los niños eran mocosos llenos de bacterias, sucios y ruidosos. Incluso les tenía un poco de miedo. Pensaba que si uno de esos pequeños seres se le acercaba demasiado acabaría contagiándole alguna enfermedad extraña. No quería correr ese riesgo. Siempre les veía tan felices, corriendo de aquí para allá, con una sonrisa gigantesca en esa diminuta cara. No sabía por qué esa alegría tan esperpéntica, y esas risas tan ligeras. “En mi época los niños no éramos así”, pensaba. Lo sábados se sentaba en un banco en el parque de enfrente de su casa y les observaba comer arena y escarbar en el barro. A veces les veía montar en sus triciclos o jugar con sus cachivaches. Cuando algún niño se caía y se ponía a llorar, se reía maliciosamente. Valía la pena esperar sentado toda la mañana. 

Armando odiaba su trabajo casi tanto como odiaba a los niños. Le causaba angustia tener que sonreír todo el día, y fingir alegría delante de sus compañeros del trabajo. Lo único que le hacía feliz era ver a los niños caerse e ir corriendo con sus piernas regordetas a los brazos de su madre o si esa madre era de las que siempre estaban pendientes de sus hijos y de las que apenas les dejaban respirar, ir a cogerle y acunarle entre sus brazos. Cuando los niños pasaban cerca de él les ponía la zancadilla, o si el balón de fútbol caía a sus píes lo lanzaba tan lejos como podía. Le producía un placer inaudito fastidiarles el día. Causar aunque fuera un poco de sufrimiento en los demás, era lo que le daba sentido a su vida.