3/8/15

Y entonces, vuelve...

Susurros del tiempo Ester Del Pozo Merino
Las sombras me están esperando sentadas en la puerta de mi casa. Oscuras, frías, pegajosas. Sus ojos, oscuros y profundos. Sus pupilas, dos cavidades en forma de cruz. No tienen iris ni tampoco boca. Acampan en las escaleras, y cada vez que salgo miran al cielo, sabiéndolo inalcanzable. Y entonces, el miedo vuelve, el miedo que me provoca vacíos en el estómago. 

En la calle, al lado de las sombras y del silencio, hace frío. Un frío que hace contraste con el calor que impera en toda la ciudad. A veces, me pregunto si en la puerta de todas las casas habitan sombras. Me gustaría tener la osadía de formular esa simple pregunta, pero no tengo valor. Me asusta que piensen que estoy toc-toc. No quiero convertirme en el hazmerreír de la ciudad, en el objeto de sus bromas y burlas. Pero qué puedo hacer, si están ahí, en la puerta de mi casa mirando siempre al cielo, sabiéndolo inalcanzable, ellas tan reales como la vida, tan oscuras como la muerte. Los lunes me levanto por las mañanas diciéndome a mi misma que hoy es el día, el día en que aparcaré la vergüenza, el día en el que ya no me afectarán las opiniones y juicios de los demás, el día en el que les preguntaré si en sus casas viven sombras. 

Si le preguntara a Valentina: ¿en tu casa viven sombras? ella entrecerraría los ojos y me contestaría con una pregunta: ¿qué clase de sombras? y yo respondería, son negras, con ojos profundos y pupilas en forma de cruz. ¿Y te dicen cosas? me volvería a preguntar, exigiéndome detalles, adjetivos concretos. Y yo diría, no nada, son vacías, y siempre tienen los ojos en dirección al cielo. Al salir las atravieso partiéndolas por la mitad. Pero al día siguiente vuelven a estar sentadas en las escaleras, mirando al cielo. Cuando las observo por las mañanas con el café todavía en el estómago, siento frío, y una oscuridad densa se abre paso dentro de mi, dejándome un nudo en la garganta. ¡Tonterías! gimotearía Valentina con desdén. Agitaría la mano, como si quisiera quitar importancia al asunto. Y yo esbozaría una sonrisa tímida y quizás, quizás un poco asustada, porque entonces, se habría confirmado mi sospecha, en su casa no viven sombras. 
Y en la mía, sí.