25/3/16

(...) por la boca muere el pez


¡No! Estoy atrapado, pensó al ver el anzuelo en su boca gris. En menos de un segundo recordó lo que lo que enseñó el maestro Flin en la escuela sobre los pescadores. Su voz oscura y grave sonaba nítidamente en su cabeza. “Los insectos que flotan de los hilos transparentes son cebos para pescar a los peces incautos. Tened cuidado. Estar alertas”. ¿Cómo he podido caer en esa trampa tan antigua? Trucha tonta

Ahora era demasiado tarde. Su vida se le escapaba entre aleteo y aleteo. Tiró del gancho, intentando soltarse, pero lo único que consiguió fue que se le clavara en la boca con mayor profundidad. De repente sintió que le izaban.  Cerró los ojos y se debatió con mayor fuerza, empujando hacia dentro, hacia el fondo del río, hacia su hogar. Al abrirlos vio a su amiga la Griega a unos pocos metros. Le estaba mirando con una sonrisa triste. Se desconcertó unos segundos, y eso bastó para que le terminaran de alzar a la superficie. Al salir del río sus ojos se empaparon de cielos inmensos, cubiertos de nubes blancas. ¿Dónde estoy? Abrió la boca intentando respirar. Pero no pudo. Ese no era su mundo. Era el de los humanos. 

Le quitaron el anzuelo y le tiraron a una caja de madera. Y supo en ese frágil instante que ya no había vuelta atrás. Deseó volver al río, lo deseo con tantas ganas que empezó a dolerle el corazón o quizás eran las branquias que sufrían por la falta de oxígeno. Daba igual, porque se estaba muriendo. Escuchó un ruido seco y vio caer a su lado a su amiga la Griega. Tenía un poco de sangre en la mandíbula inferior. 
-No podía dejarte morir solo-murmuró antes de darle un diminuto beso en la boca.