28/4/16

Kilómetros de páginas leídas

A Margot le gustaba leer. Leía todo lo que le caía en las manos. Desde manuales de Mecánica Avanzada, hasta las novelas clásicas de la literatura rusa. Su nariz respingona y salpicada de pecas siempre la tenía metida entre las páginas arrugadas de los libros. 

Los sábados por la mañana, la veía asomar la cabeza por la puerta de cristal, se acercaba al mostrador y devolvía los libros que había tomado prestados la semana anterior. Después se perdía entre las enormes y polvorientas estanterías, elegía dos nuevos y se sentaba en un sillón viejo al lado de la ventana. Era un ritual.

Como era una niña pequeña de apenas siete años, no rellenaba el sillón y los pies le colgaban. A veces Margot me veía observándola y me saludaba con un guiño rápido de ojos. Yo me ruborizaba y fingía que no la había visto. Margot era la única niña que conocía a la que le divertía leer. Los libros la sumergían en océanos profundos repletos de emociones. No había un solo sábado que no la hubiera escuchado llorar a mares o soltar carcajadas estrepitosas. 

Una mañana Margot vino como de costumbre a la biblioteca, y se sentó en el mismo sillón desvencijado de siempre. Abrió el libro que estaba leyendo, le acarició las páginas y cuando empezó a leer, se desprendió de la novela unos polvos de un color dorado brillante, parecía polvo de hadas. Margot no se dio cuenta, y siguió leyendo. Me estruje los ojos, pensando que estaba soñando. Cuando volví a mirar, Margot no era la niña de siete años que había entrado esta mañana a la biblioteca. Tenía la cara más fina y alargada, y a través de su vestido azul se podía apreciar unos incipientes senos. Las piernas ya no le colgaban del sillón. Margot... se había convertido en una adolescente. Cerré los ojos y esta vez pensé que estaba enferma. Debía ser mi avanzada edad, que ya  me estaba empezando a pasar factura. Conté hasta diez y cuando volví a abrirlos, Margot había envejecido. Su cabello dorado, ahora era gris, su cara estaba cubierta de arrugas y manchas negras, y cuando pasaba las páginas, las manos le temblaban. Fui a hablar con ella. Esa mujer con cara de Margot debía tener la respuesta a lo que estaba pasando. 

Pareció que escuchó mis pasos porque paró de leer. Mi miró con sus enormes ojos verdes, mantuve el contacto y sentí el peso de las páginas leídas, del conocimiento que había acumulado Margot a lo largo de sus años de vida. 
-¿Estás bien?-preguntó ella con voz cascada.

Asentí nerviosa. Margot cerró el libro de golpe, y se levantó del sillón pegando un salto. Había vuelto a ser la misma niña de siempre. Se acercó a mí con una enorme sonrisa en la boca y me acompañó al mostrador. Y mientras caminaba con ella a mi lado caí en la cuenta de que Margot había vivido mil vidas en una sola. Cada libro leído la había cambiado, convirtiéndola una joven más madura, completa, y mayor. Margot era una mujer adulta en un cuerpo de niña.