16/5/16

Hacerse mayor

Alicia se había mudado. Ya no vivía en España, sino en un lugar a miles de kilómetros de su país natal. Cuando subió en el avión, sabía que dejaba en tierra a su familia querida, a sus amigos de toda la vida, su casa con sus estanterías llenas de libros y su habitación con aroma a café. 

Alicia se abrochó el cinturón y miró por la ventana. El sol había teñido de rojo el cielo y algunas estrellas ya empezaban a despuntar. Anochecía en Madrid. La azafata pidió a los pasajeros que tomaran asiento. Alicia sintió un cosquilleo en la palma de las manos. Había llegado el momento. El avión con destino al Fin del Mundo empezó correr por la pista de despegue. Alicia sentía esa fuerza que la echaba contra el asiento. Tensó su cuerpo, cerró los ojos y respiró profundamente intentado relajarse. Y sin quererlo afloraron los recuerdos, de todo tipo, de todos los sabores: amargos, dulces, picantes. Eran recuerdos con olor a viejo que Alicia al evocarlos los cubría de una añoranza quizás precipitada. Todavía no había dejado el país y ya echaba de menos. Echaba de menos a esa Alicia de 16 años que soñaba con encontrar a su príncipe azul, a esa niña con el pelo corto que leía sentada en el sofá, o que jugaba al escondite con sus amigos del vecindario. 
Susurros del tiempo Ester Del Pozo Merino

Alicia sentía que quizás su vida había transcurrido demasiado rápido. Hacía dos días que era una niña que jugaba en el parque y ahora era una mujer que lucha por hacerse un hueco en el mundo. No entendía cuándo y cómo se había hecho mayor.