7/12/16

Volver a empezar.

La mirada de Aida estaba replegada como las arrugas que enmarcaban su rostro. Había perdido varios kilos durante los meses que había estado en el asilo de ancianos y las manos le temblaban más de lo usual. Pero estaba radiante de felicidad. Hoy era Noche Vieja y sus hijos la habían ido a recoger para disfrutar de unas fiestas en familia. 
Sospechaba que se sentían culpables, no iban a visitarla las veces que deberían. Miró el plato de uvas que había cogido de la cocina, con manos temblorosas cogió una uva y se la metió en la boca. 
-Abuelita. Te pillé. Hay que esperar que sean las doce-dijo su nieta mientras Aida esbozaba una sonrisa traviesa. Le quitó el plato de uvas y se lo llevó a la cocina. Escuchó alguna que otra carcajada estrepitosa y se imaginó que su querida nieta les estaba contando el incidente. Con un suspiro ahogado se levantó del sofá y se sentó, junto a la mesa a esperar a que llegara la hora de la cena. 
Media hora más tarde, los platos estaban servidos y el comedor olía a solomillo de ternera asado. La boca se le hacía agua. Cuando terminaron de cenar eran casi las doce de la noche. 
Sonó la primera campanada. Todos gritaron nerviosos. Aida se metió rápidamente la primera uva en la boca a la vez que pensaba en todas esas cosas que cambiaría si tuviera la oportunidad de volver a criar a sus hijos. Cogió la segunda y se la trago sin masticar. Más amor por los demás y menos egoísmo. Tercera. Les regalaría más tiempo y menos juguetes. Cuarta. Y más abrazos. Quinta. Ya no les castigaría si sacaban un aprobado raspado. Sexta. Les leería más cuentos a la hora de dormir. Séptima. Y les daría cientos de besos. Octava. Miles de besos. Novena. Crecen tan rápido. Décima. Sí, les enseñaría más valores. Undécima. Eso es. Duodécima. Valores.