8/3/17

La hija del cartero

Olaya Kupernik, era la hija del cartero. Su papá repartía cartas por el barrio en el que vivían. Cuando iba al colegio por las mañanas, a veces se lo encontraba. Le veía vestido con un chaleco azul vaquero, su camisa amarilla y unos zapatos a juego. Tiraba siempre de un carro en el que ponía Correos donde guardaba las cartas y los paquetes que tenía que repartir ese día. 
Cuando le divisaba llamando a un portal y dejaba el carro en la puerta, Olaya corría con la mochila a la espalda dando votes y se detenía al lado del carro. Antes de que su papá bajara las escaleras y se fuera a otro bloque de pisos, echaba un vistazo a las cartas que había dentro. 
Una vez robó una. Le llamó tanto la atención que no pudo evitar cogerla y llevársela escondida en la falda del uniforme del colegio. El sobre era de un color marrón apagado, el destinatario una mujer que se llamaba Alejandra Antinori. No había remitente. 
En el recreo se escondió detrás del árbol que estaba enfrente de la biblioteca. Era su lugar secreto, nadie iba allí a jugar, por eso le fascinaba. Desde el árbol podía divisar todo el patio del colegio, veía jugar a los niños al fútbol, a algunas niñas a la comba y otros intercambian cromos en las esquinas, como si fuera una actividad ilícita. 
Al abrir el sobre se desprendió un olor a vainilla y coco que hizo que se le ensancharan las aletas de la nariz. Pensó que la carta era de amor. Su papá le había contado que a veces, los amantes enamorados, perfumaban sus cartas para despertar a su lector sentimientos apasionados. 
La carta estaba escrita con una caligrafía pulcra y limpia y el contenido la sorprendió, era un cuento que narraba la vida de un niño que había sido arrebatado a sus padres y obligado a trabajar en unas minas de diamantes en África. La carta no estaba firmada. 


Al terminar de leer tenía los ojos rojos de tanto llorar. Cuando llego a casa guardó la carta en su diario y jamás confesó lo que había hecho. Decidió que antes de que cumpliera los diez años, averiguaría quién era Alejandra Antinori. Al menos ya sabía donde vivía.